¡A tres euros bonitas! y sigue la ronda de puestos y gritos al aire. ¡A diez y ya de liquidación el chándal, anímate preciosa!
Morrallita y balanceo en la mañana de rastro, todo se vende y el gitano permite el regateo hasta bajar el precio dos euros por artículo; con suerte de tu parte quizá más y sea ganga.
El ritmo de un domingo en una ciudad de provincias lo marca el mercadillo ambulante. Desde las ocho en punto, como puntualísima cabalgata de colores, una caravana de furgones atestados de artículos nuevos y morralla se aposenta en plena carretera, cortada al tráfico para tal fin. Familias completas de todas las etnias se disputan el espacio para exponer variada mercancía. Niños muy pequeñitos parecen conocer su cometido con audacia de expertos, y gritan también sus ofertas con una vocecita que conmueve hasta provocar una sonrisa; algunos venden lápices de colores y libritos descatalogados, aunque falten a la escuela habitualmente. Pequeños personajes con los mocos colgando y las manitas cuarteadas por el intenso frío que, sin embargo, afrontan con la alegría propia de una infancia callejera.
A medida que avanza la mañana, las gentes pueblan y atestan el rastro con estrépito curioso. Todo se oferta al mejor postor y existe un ritual que se cumple religiosamente en sincronizada avanzadilla y relevo: cada miembro de la etnia mercader abandona su puesto al menos dos veces en la mañana para reponer fuerzas, y unos se retiran a los bancos del parque para almorzar vituallas preparadas por las mujeres de la familia, mientras los más modernos inundan las dependencias de un macdonald cercano, chutándose cocacola en pajita con hamburguesas grasientas.
Es curioso observar a mujeres de etnia gitana reunirse alrededor de una mesa de este tipo de establecimiento para comadrear y departir, como en un filandón improvisado, al calor de un vasito de café macdonaliano al que añaden churros que cuelan de estrangis, y van sacando de una bolsita discretamente escondida entre periódicos del día, a los que no prestan ni gota de atención ni les interesa en absoluto.
Momentos mágicos dónde la anécdota de la semana y las cuitas y pesares de cada una sirven de semanal alivio, que ya quisieran para sí las mujeres de otras etnias a las que no se les permite el desahogo, y permanecen en sus puestos, amamantando bebés sentadas en una precaria sillita de camping.
El mercado implica ras y elevación. Los artículos acumulados en el suelo sobrecogen intensamente. Las pertenencias de los muertos son esparcidas como objetos monstruosos que carecen ahora de dueño pero no de identidad. Libros firmados, abrigos con olor a perfume, la polvera de una mujer elegante y su bolso naftalinado, expulsado del armario ropero, que también habita un poco más adelante este espacio descomunal de ausencias que es el rastro. Rastrojo del tiempo, como su propio nombre indica, seguir el rastro de quien habitó el mundo. La eterna perorata del silencio.
La hora de recogida se torna en un caos tumultuoso en el que se entremezcla el devenir de la tarde con los residuos y cartonajes que genera el negocio de sobrevivir al relente o al retostero (permítanme la concatenación y el contoneo) dependiendo de la adversidad atmosférica.
Los gitanitos, con los mocos resecos y la mirada abierta hacia el regocijo de recontar caudales, esperarán ansiosos el transcurrir de los seis días restantes para acampar de nuevo en el paseo.