Cortafuegos

M de Mirinda

 

En el diario los anuncian. Cortafuegos a precios de saldo, cortafuegos a precios prohibitivos, cortafuegos unipersonales, cortafuegos para la familia, perros inclusive. Se venden en porciones. Son eriales portátiles muy semejantes a descampados, con sus trozos de ladrillos rotos, con sus terrones de tierra apelmazada, con sus huellas de neumáticos, como palimpsestos de maniobras antiguas. Se instalan de manera intuitiva. Basta con determinar qué se desea proteger del fuego, de los fuegos e, incluso, de los ardores, para, a continuación, desenrollar a su alrededor la lámina cortante que hemos adquirido. Sus buenas lágrimas, la moneda de cambio más cotizada en este mercado, nos ha costado, pero ahí lo tenemos, rutilante, recién estrenado: el cortafuegos circular, bien extendidito, sin arrugas, ancho castillo prensado.

De momento nos corta el aliento ver cómo su desolación bidimensional parece aislarnos, efectiva, de las amenazas que nos podrían consumir. Suspiramos, entre estremecidos de alivio y de asco: los aislantes siempre nos provocan un sentimiento de repugnancia por su asepsia. Es una reticencia propia de los mamíferos que somos: bestias caóticas, promiscuas, omnívoras y, sobre todo, temerarias. Temerarias solo si hay placer, anzuelo de la supervivencia, de por medio, pero el miedo a las llamas, a todas las llamas, cuando lo hemos probado en la retina, en las carnes, nos hace débiles mendigos que reclaman al Altísimo la protección del cortafuegos.

Hemos optado por el más costoso, el más completo de los cortafuegos, no solo el de mayor anchura, sino también el más encharcado. Grandes prestaciones. Sobre su superficie nada crece y todo resbala. No brotarán sobre esta inversión arbustos ni pasto, peligrosísimos, pues el terror en sus cuerpos de retama se propagaría hasta alcanzarnos; como tampoco sobre su lomo cabalgarán ni gases inflamables, ni los contagios de las modas, ni las invitaciones a seguir corrientes devastadoras. A salvo estamos de las amenazas laterales y colaterales. Pero, lo sé, es evidente, nada impedirá que nos abrase el subsuelo o las lenguas destructoras que de los cielos se desprendan. A menos que nos empapemos, día sí y día también, con humedades perpetuas. Lo haremos. Como complemento, sobre pozos construiremos, fomentaremos condensaciones, goteras, porosos esponjamientos. ¿Y las pertenencias?: sumergidas. ¿Y el hogar?: diluido en exceso. Así, calados hasta los huesos, nos haremos uno con el agua, casi ahogados, mas, del fuego, ilesos.


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