El buen salvaje

Leído por ahí

 

La lectura del opúsculo de Pinker1 nos lleva a denunciar el segundo de los grandes dogmas de nuestro tiempo, otra creencia absurda que pone en cuestión los fundamentos biológicos de la naturaleza humana. Nos estamos refiriendo a la doctrina del buen salvaje, iniciada por Jean-Jacques Rousseau, según la cual la maldad no tiene su origen en la naturaleza humana, sino en la nefasta influencia social. En su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755) Rousseau describió al humano original como un individuo pacífico y solitario que perdió su inocencia con el advenimiento de la civilización. Pues bien, esa idea romántica sobre el ser humano se mantiene todavía vigente en el discurso de algunos científicos sociales. Por ejemplo, los firmantes de la Declaración de Sevilla de 1986 dejaron escrito que es científicamente incorrecto decir que «hemos heredado una tendencia a hacer la guerra de nuestros antepasados animales», que «la guerra o cualquier otro comportamiento violento está genéticamente programado en nuestra naturaleza», o que «la guerra tiene su origen en el instinto». Esos científicos sociales tampoco pusieron en duda la bondad natural de los pueblos indígenas que, en su opinión, coexisten pacíficamente entre ellos y con el ecosistema.

Y es que admitir el origen genético —y, por tanto, común— de los comportamientos agresivos del ser humano produce pánico entre las personas biempensantes. La idea implícita es que si los comportamientos deplorables como la guerra, la violencia, la explotación, la xenofobia o la ambición de riquezas y poder, entre otros, fueran innatos, eso los convertiría en «naturales» y, por tanto, en “algo bueno” que no podría cambiarse. Si esto fuera así, todos los intentos de reforma social serían inútiles. «La violencia es cuestionable —escribe Pinker— y la reforma social es deseable; en consecuencia, parece decir el argumento, los Homo sapiens tienen que ser buenos chicos. Solo la sociedad es culpable».

El mito del buen salvaje (somos «por naturaleza» inocentes y pacíficos) afirma que las guerras y la violencia en los pueblos cazadores-recolectores son un hecho raro, controlado y ritual, al menos hasta que entran en contacto con el mundo civilizado. Y esa opinión, denuncia Pinker, es de un romanticismo barato, desmentido por estudios empíricos de antropólogos, biólogos e historiadores competentes. Entre los pueblos pre-agrícolas no es extraño que un tercio de los hombres muera a manos de otros hombres o que casi la mitad de los hombres hayan matado a alguien. Como puede leerse en Homicide, de M. Daly y M. Wilson 2, el homicidio es un acto característico del humano y se relaciona con la selección natural: «Matar al propio antagonista es la técnica más básica de resolución de conflictos, y nuestros antepasados la descubrieron mucho antes de llegar a ser personas».

Si esto es así, aquellos que no matamos a nadie, que no violamos ni explotamos a los demás y que tampoco estamos dispuestos a jugarnos la vida en una guerra, ¿de dónde sacamos nuestras tendencias pacíficas? ¿Por qué no nos afecta la agresividad inscrita en nuestro código genético? La razón es bien simple: las tendencias pacíficas surgen del mismo pozo biológico del que surge la agresividad. En este caso, del temor y la cobardía. ¿Será el miedo la razón del pacifismo? ¿Lo será la prudencia? Parece ser que esas actitudes son tan propias del humano como la agresividad y el coraje. Ciertos instintos se enfrentan a otros y, dependiendo del carácter de la persona y de las circunstancias, unos salen vencedores. No son la razón y la reflexión, como escribió William James, las que nos hacen prudentes, sino las tendencias instintivas contrarias a los impulsos temerarios. La causa es el miedo, el amor, el deseo de vivir en paz, la necesidad de que nos quieran. Que después cubramos nuestra cobardía original con discursos moralizantes sobre la prudencia o apelaciones a lo que sería más conveniente hacer según la razón, no es más que pudo disimulo.

Por otra parte —sostiene Pinker— la naturaleza humana es perfectible y mediante la educación y el aprendizaje (no solo individual, sino también colectivo) podemos laminar nuestras tendencias agresivas y el gusto por la lucha a muerte. Así ha sucedido a lo largo de la historia. Los propios Daly y Wilson, en la obra citada, admiten que «los británicos modernos tienen veinte veces menos probabilidades de morir asesinados que sus predecesores medievales». Eso es usar la experiencia en beneficio propio y de la colectividad. Los humanos hemos evolucionado hacia comportamientos cada vez menos violentos, hemos aprendido de ellos, sin necesidad de regresar al momento fundacional del buen salvaje ni apelar a esa supuesta inocencia bobalicona que adorna el mito de los pueblos pre-agrícolas.

En futuros capítulos abordaremos la doctrina de lo que Gilbert Ryle denominó «el fantasma en la máquina». Por increíble que parezca, la idea de que los humanos somos algo más que biología, que somos libres para definir nuestros valores y objetivos, sigue siendo una creencia muy arraigada en círculos académicos, y no solamente en ámbitos religiosos, a pesar de que la neurociencia actual ha conseguido exorcizar para siempre a ese fantasma interior.

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

—Hay formas de pensar estereotipadas que, además, tienen buena prensa. El mito del buen salvaje, como la creencia en la tabla rasa, son dos de ellas. Hay que combatir esas creencias con datos y razones, y aceptar que la agresividad viene inscrita en nuestros genes.

—Sin embargo, tener instintos agresivos no nos autoriza a satisfacerlos en cualquier momento o circunstancia. Ya sabemos que «el hombre es un lobo para el hombre», pero también es un animal social, y sin empatía no hay convivencia posible.

—Existen métodos contrastados y humildes que reconocen el lado oscuro de la naturaleza humana, pero consiguen mantenerla a raya. Son el aprendizaje de la historia, los contratos, el sistema judicial, el establecimiento de leyes efectivas, la monogamia y la limitación de las desigualdades, entre otros. Úselos y tengamos la fiesta en paz.    

  

[1] Steven Pinker: La tabla rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina (2005).

[2] M. Daly y M. Wilson: Homicide (1988).


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