Te deseo que vueles lo que yo no volaré. Que veas tus sueños allá en lo alto, pero alcanzables por tu mano de hierro.
Te deseo que vivas plenamente en los planos del tiempo en que te reconozcas; distintos en todo o en parte a mis propios planos.
Te deseo que escales a tu propia cumbre nevada y que, satisfecho, desciendas con los ojos brillando de contento.
Te deseo que abraces otros brazos que sepan rodearte por completo, distintos en todo a los míos que no supieron darte lo que necesitabas o que no te entendieron.
Huí de ti, tú de mí, los dos a un tiempo, mutuamente atenazados por cadenas invisibles, como asustados en una noche cualquiera de tormento, en octubre y luciérnagas azules.
Te deseo que sepas convertirte en tu propio objetivo, sin ambages, que te mantengas lunático en tu propio y merecido estanque dorado.
Deseo, al fin, que te consolides y tiembles al recordar mi mano de niña resignada ante tu indecisión de sustentar lo emocional que subyace detrás de la mirada.
Solo pedí cobijo y hiedra; no me fue otorgado.
Te deseo que vueles lo que yo no volaré.
Y este silencio…