Autobuses hacia Andorra

Charnego de mierda

 

Cuando se destapó la caja de los truenos del caso Pujol no pude evitar acordarme de que en mi barrio eso de ir a Andorra a trapichear era lo habitual a mediados de los ochenta. Mi primo segundo sin ir más lejos se consideraba un contrabandista aunque, en realidad, se le tendría que calificar de trabajador del contrabando.

Los autobuses partían muy temprano, a las 5,45 de la calle Guipúzcoa, a las 6,00 cargaban pasajeros en el Puente del Trabajo, a las 6,15, ya en la Meridiana se ocupaban las últimas plazas. Los pasajeros, hombres de 30 a 70 años, parados y jubilados, llevaban boinas, bufandas y abrigos incluso en verano. Si no te fijabas podías confundirlos con trabajadores de la Seat, todos en fila, con sus bocadillos envueltos en papel de plata y sus termos de café esperando al autobus que les llevaría al Andorra 2000, al Hiperpas o a los Pyrènèes y demás supermercados del principado.

El cálculo era sencillo, se pagaba el billete, que salía muy barato y se compraba tabaco y alcohol. Si todo iba bien a las tres de la tarde estaban de vuelta, “a comer en casa” y con toda la tarde por delante para vender la mercancía en los bares del barrio. Se trataba pues, de pasar el máximo número de botellas y paquetes de tabaco posible. Se pegaban las cajetillas al cuerpo, se ocultaban en los forros de los abrigos, bajo las boinas. El alcohol se vertía en los termos vacíos.

Para que el asunto saliese a cuenta se hacían seis viajes a la semana, de lunes a sábado. Como he dicho, más que contrabandistas eran peones del contrabando, menudistas que aceptaban encargos como cosméticos, pilas para relojes e incluso gafas. Les dabas la graduación, escogías la montura de un catálogo y en un par de días gafas nuevas a mitad de precio. La cosa tomó tal cariz que en los buzones empezaron a aparecer folletos que ofertaban viajes a Andorra cada vez más baratos.

De vez en cuando los aduaneros les ponían firmes y les requisaban todo el material, pero por alguna razón que se me escapa este sistema duró bastante tiempo. Luego, los controles se pusieron más serios y el boom de los autobuses a Andorra se desvaneció, pero aún recuerdo los ojos de mi primo cuando lograba colocar a algún incauto algún reloj o algún transistor, “más baratos que en el puerto”, decía, “si no te gusta te lo cambio, mañana mismo vuelvo a subir y te traigo otro modelo.” Cuando le preguntabas, no conocía nada de Andorra, el máximo tiempo que llegó a pasar fueron dos horas, pero daba igual, “el ambiente en el autobús era muy bueno, de auténtica camaradería, se compartían penas y alegrías”. Mientras, Manolo Escobar sonaba en los altavoces y Pujol nos decía que era catalán todo aquel que vivía y trabajaba en Cataluña.