El infierno en otoño

Crónica de los días que pasan

 

El color del otoño y su lenta cadencia de ir instalándose en colección de ocres, amarillos o bermellones –hoja por hoja, fruto a fruto, con minuciosidad experta de pintor puntillista–, se encontrará con que nadie le espera para imprimir sus pinceladas de belleza.

Ya no existen bosques que necesiten su experto cromatismo. La  mano sabia del otoño que, como varita mágica, otorga a cada arbusto su dádiva, distribuyendo una paleta de tonos combinados con esplendor de novedad y estreno, habrá de batirse en retirada a los aposentos del jamás, o a otros prados que milagrosamente no sucumbieron a la voracidad del fuego.

¿Cómo se regresa a lo descomunal, a lo volátil, a lo que se derrumba con un soplo y es ya un monte de cenizas gris-blancuzco?

La barbarie del fuego provocado por la mano del hombre deja cadáveres erguidos de árboles con troncos huecos que tan sólo a un golpe de pupila se desintegrarán. Serán mercurio y polvo.

Así de este modo brutal de ir desapareciendo los paisajes, a golpetazo de irracionalidad, Otoño se transmuta en espejismo. No recala el color donde existen cenizas.

Como un novio plantado a la puerta del cine, entradas en mano, se ha de retirar en busca de otra posibilidad.

No imaginó negrura ni fogatas y con los ramilletes de colores cargados a la espalda, como un regalo rechazado a medias por destinatario en paradero desconocido ha de replegarse hasta nuevo aviso.

Quizás las oportunidades… quizás la mano que mece la cerilla al lado de la yesca…


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