Soy pobre. Lo escribo porque no me quedan amigos. Debí de morir para ellos y para mi familia. Encontré unos pensamientos en la basura y no puedo quitármelos de la cabeza. Venzo el miedo a perder lo único que tengo, mi existencia. No lo oculto: soy un paria.
Sombras alargadas separan mi mundo cavernario de un buen filete, siquiera un mendrugo. A veces confundo las voces en mi cabeza con el rugido de mis tripas, de las que hago corazón para tragar saliva macilenta. Bilis no, ¡ojalá! Saboreo el aroma de las panaderías desde el cristal que al menos templa mis sabañones. El invierno demanda más energía que cualquier otra estación, pero la oferta es escasa para esta cigarra que lo perdió todo hace muchos veranos. Debo de haberme vuelto reptil, como un cocodrilo del Nilo, esperando un ñu despistado; la sangre se vuelve fría y cada vez siento más lentos los movimientos. Una coraza de indiferencia me protege de depredadores, como antítesis de aquella juiciosa frase que decía mi abuelo: “Ten amigos ricos, que, aunque no te den dinero, tampoco te pedirán”. Ya pasé la fase de pedir, ahora solo espero. No es anorexia, sino ataraxia.
He conocido gente que encuentra sublime el amanecer, incluso pretenden inmortalizarlo en fotos como si retrataran a un dios. No encuentro ningún atractivo en la luz de un nuevo día: prefiero seguir durmiendo entre cartones a vagar entre idólatras del sistema. Soñadores de quimeras, frustrados en sus propósitos, enfermos que padecen los sueños de quienes les oprimen. Nada tengo contra ellos, los respeto, pero preferiría mantenerme al margen. Abrazo la espiritualidad desde que sufrí en mis carnes el rigor de un buen libro de autoayuda, No se depaupera quien puede sino quien debe. Si han leído alguno, saben a qué me refiero: mantras, lemas facilones y demás recetas de revistas juveniles. Cuando te pilla en una época ambiciosa de tu vida, te vale. Yo solo quería más dinero, mejor posición, follar más… Lo normal cuando todo te va bien. Desde la primera página empecé a ponerlo en práctica: me volví endiabladamente desprendido, sonreía incluso a la estupidez, evitaba cualquier pensamiento de odio; comencé a flotar en una nube sin ira. Habiendo leído la mitad del libro, me pareció intuir algunas matizaciones. Lo comenté con amigos, quienes me hicieron reparar en interpretaciones alternativas. Inicié a plantearme la rectificación de algunos aspectos: quizá debía guardar algo de mis bienes, tal vez bastaría con pasar de puntillas por las ideas estúpidas y puede ser que tampoco fuera tan pernicioso un atisbo de odio de vez en cuando; mi nube tornábase pelín gris. Cuando concluí la lectura, ni me conocía. Es más, me preguntaba cómo diantres me había dado por leer semejante bazofia –y el caso es que la acabé–. No me conocía ni la madre que me parió ni mis hermanos ni mis amigos. Me había transformado en un genuino y arrogante comisionista. Atrás quedaron mis anhelos como hombre de negocios; desde entonces mi sueño fue dar el gran pelotazo que me retirara para siempre, gracias al cual jamás tuviera que volver a hincar el lomo. Mi carácter cambió definitivamente: ya no tuve que ser desprendido ni sonreír a nadie, y odiaba a todo el mundo; me precipité de la nube cual granizo. Me hallaba en la ruina más absoluta.
Con el paso del tiempo comprendí la gran metáfora: jamás he vuelto a trabajar desde que me pillaron por unas comisiones ilegales que ni siquiera cobré, sigo esperando en esta plácida madurez soñando con el final de mis días, alejado de la inercia que nos marcan desde el starsystem porque he conseguido conocerme a mí mismo. ¿Sabiduría? Soy pobre, consumo sueños, soy un pobre gilipollas.