Ahora
que empieza a hacerse tarde
y apenas dos palabras
me desnudan,
me abruma el desatino.
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Domingo,
la casa huele a soledad.
El día baila en el humo del cigarrillo.
El café me mira,
sin atreverse a preguntar.
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Da igual el tren que tome;
todos paran en esta ciénaga de instantes
que engulle mis pedazos.