Acabo de mirar el calendario y me doy cuenta de que falta muy poco para el 23 de abril. ¡Caramba! El hecho es que merced a la (supuesta) coincidencia de las muertes, en esa misma fecha, de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, el año 1616, durante esa jornada celebraremos el día del libro. En verdad, la fecha del fallecimiento de Shakespeare, en un principio se fijó de acuerdo con el calendario juliano y vendría a caer el 3 de mayo del gregoriano, mientras que Cervantes falleció el 22 de abril pero lo enterraron el 23. Como quiera que sea, aprovecharé la ocasión para referir un caso de aparente locura bibliófila del que he sido testigo.
Se trata de un tipo que en los atiborrados anaqueles de su hogar atesoraba unos veinte mil volúmenes. Había leído más de la mitad (de promedio, uno al día). Los familiares sostenían que tanto leer no podía ser saludable y, tarde o temprano, acabarían entrecruzándosele los cables de la mollera (al igual que a don Quijote), lo cual pareció confirmarse el día que el susodicho gritó, escandalizado, que Pascual Duarte se había colado entre las páginas de Don Quijote de la Mancha aprovechando la cercanía entre Cela y Cervantes (el hombre ordenaba los libros por orden alfabético). El tal Pascual se habría descolgado desde la estantería superior, como buen delincuente que era, y hacía de las suyas entre el Campo de Montiel y la Ínsula de Barataria. La cosa pasó a mayores cuando nuestro hombre salió con que Mister Hyde se había metido en la habitación de Gregorio Samsa con la pretensión de aplastar al famoso insecto, pero allí se encontró a Emma Bovary e intentó violarla, una fechoría que logró impedir, facón en ristre, El hombre de la esquina rosada. Esto era aún menos creíble, ya que en la enorme librería las distancias entre Stevenson, Kafka, Flaubert y Borges eran considerables, y no podía ser que los personajes se pasaran de libro al igual que los jugadores de fútbol profesionales cambian de club.
La misma semana que el ofuscado lector fuera internado en un prestigioso hospicio literario, su familia me invitó a incursionar entre los anaqueles para que diagnosticara si las protestas del pariente podían ser fruto de un delirio vesánico o más bien se trataba de una seguidilla de destellos lúcidos. A fin de dar mi sesudo dictamen abrí un libro al azar: Robinson Crusoe. Mi sorpresa fue mayúscula cuando entre sus páginas encontré al célebre náufrago y a Viernes, su compañero, en la playa de su isla, conversando muy animadamente con Gulliver, ambos rodeados por multitud de liliputienses. Entonces pensé: qué importa que Swift y Defoe fuesen el uno irlandés e inglés el otro. Al fin de cuentas, la narrativa es patria común de tantos como nosotros.
Termino aquí porque acabo de mirar de soslayo las estanterías de mi biblioteca y veo que Pinocho está bajando de su estante para follarse a madame Bovary… ¡Siempre madame Bovary!