Otocerum

Las horribles historias de Sileno


El doctor Farreras siempre me ha atendido directamente, sin filtros. Me personaba en su consulta y le contaba mis cositas, que suelen ser superficiales, y él me atendía con gusto y me recetaba aquello para lo que mi cuerpo ya está acostumbrado. Esa es la función, según la entiendo yo, del médico de cabecera o del médico de familia, como se le llama ahora. Un confesor comprensivo que solo impone penitencias livianas. Jamás pretendió Farreras analizarme la sangre, ni ponerme a régimen, ni cuestionar mi forma de vida, que es, en líneas generales, una forma de vida saludable. Abreviando, que estoy hecho un roble y en paz. Y eso mi doctor siempre lo tuvo en cuenta.

Sin embargo, últimamente le han puesto una enfermera con gafas de culo de vaso que le filtra las visitas y rellena la ficha del ordenador antes de dejarte pasar a la consulta, si es que te deja. La enfermera averigua quién eres y de qué pie cojeas, completa los datos y recaba la información que falta: que cuál es su número de móvil (no tengo), que si fuma usted (ya lo dejé), ¿desde cuándo? (hace diez años), aquí no figura ninguna analítica (¿para qué?), porque a su edad —eso le gusta subrayarlo—, debería controlar el colesterol y los triglicéridos. Le voy a tomar la tensión, dice. Y hala, ¡a obedecer! 

—¿Tiene usted azúcar?  —me pregunta, aviesa—, porque a su edad es frecuente.

—¿Cómo que a mi edad? —me atrevo a preguntar con disgusto.

—Le veo un poco rellenito. El sobrepeso no es bueno, a su edad.

—¿Me está llamando gordo? —protesto—. ¿Y qué es eso de mi edad? Yo no le he comentado nada acerca de su apariencia, señora o señorita… ¿Es usted miope? ¿Se está quedando ciega, a su edad

La muy zorra ha callado la boca, sin dejarme explicar el motivo de mi visita.

—¿Hace mucho que se vacunó del tétanos? —ha proseguido la bruja tratando de amilanarme—. Porque, si hace mucho, le conviene repetir la vacuna. Hay que pensar que, a su edad, una herida infectada puede ser peligrosa. ¡Hay que estar vacunado del tétanos! Le voy a reservar hora para la semana que viene, ¿el jueves le va bien? 

—Escuche, señora —la interrumpo—, yo he venido al médico porque creo que tengo tapones en los oídos. Quizá por eso no la entiendo bien… Normalmente yo vengo aquí y el doctor Farreras me los quita sin hacer preguntas.

—¿Se ha puesto el Otocerum? 

—¿Qué es lo que me tendría que haber puesto? 

—Póngase el Otocerum y el próximo jueves se los quitaré. El mismo día le pondremos la vacuna del tétanos. El jueves a las ocho y media, ¿le va bien? Tráigase una toalla, por si acaso. 

—¿Por si acaso qué? —le he preguntado con voz temblorosa. 

—Por si acaso le mojamos sin querer… Y venga en ayunas, porque aprovecharemos para hacerle una analítica de sangre. Le he visto la tensión subidita y conviene saber cómo anda de lo demás. Piense que, a su edad, hay que cuidarse.

No me lo podía creer. Hasta la fecha, llegaba allí con mis tapones de cera en los oídos y el doctor, en un plis plas me los quitaba, sin mediar ninguna subalterna impertinente. 

He abandonado la consulta con todo el papeleo: los compromisos para la vacunación del tétanos, la petición de análisis sanguíneo, la receta del Otocerum y el frasquito para el pipí. No he podido sino maldecir en voz baja y me he retirado sin haber logrado completar mi objetivo: salir de allí sin tapones. ¡Manda huevos, a mi edad!