Octavio, el de 1921

Lógica (pati) difusa


Este preámbulo tiene sentido porque ayer experimenté un cruce con un hombre que se coló en mi universo. El ser, de nombre Octavio, se apareció a las doce del mediodía. A plena luz, en un camino que conduce a una masía donde suelo comprar productos de la huerta que cultivan sus dueños. Iba, como digo, sola y canturreando aquella vieja canción, la Maldita primavera. Contenta y en discordancia emocional con la letra de la canción. La mañana era magnífica, los pajaritos cantaban, un perro ladraba en la distancia. Me sentía en armonía con la naturaleza y las florecillas de aquí y allá florecían, eran mis hermanas y por eso no las cortaba, como hago otras veces. En una curva del camino apareció un hombre de mediana edad. Su aspecto era pobre, pantalones remendados, blusón azul amplio, azada al hombro y un cestillo de mimbre en la mano izquierda. A medida que nos acercábamos, como dos trenes a punto de colisionar, observé su delgadez y el aspecto blanquecino de su piel. No era un payés, aunque lo pareciera de lejos. Me fijé en la azada, un instrumento peligroso si se empuña para abrir una zanja en la cabeza del prójimo. Para evitar un mal pronto, me aparté al borde del camino, le sonreí con mucha falsedad y le di los buenos días. Octavio se detuvo a medio metro de mí, sus ojos eran negros como el azabache, un color raro y muy perturbador. Empecé a recordar los consejos de defensa personal en caso de ataque, pero no me veía con fuerzas de hacerle ni una zancadilla, así que decidí confiar en mi buena suerte y en la conversación disuasoria:

 —Bonito día, ¿viene usted de la masía de can Felip?

No contestó. Mala señal, se mire como se mire. Observé que la azada tenía un palo muy viejo y carcomido; en el cestillo guardaba varias piedras. Volví a intentarlo. 

—Pues, nada, sigo mi camino, hasta luego.

Entonces, hizo un movimiento de cabeza que no supe interpretar y a continuación me dijo: 

—No te vayas, estoy perdido, ¿qué lugar es este? Quiero volver a mi casa y no encuentro el camino. 

Lo dijo en gallego, lo entendí porque mi madre es gallega y yo hablaba con mis abuelos en gallego, así que le contesté en su lengua y le pedí, con una chispa de inspiración, que me dijera dónde estaba su casa y en qué año estábamos. Como se verá, lo del año era una pregunta aviesa para ubicarlo en el tiempo, pues a medida que desaparecía mi miedo y le observaba con más atención, me percaté de que ese hombre era un loco o un viajero del tiempo.  

—¿En qué año estamos? Pues en 1921, el 16 de abril de 1921, y vivo en la aldea de Paradela, Lugo. Esta mañana he salido temprano para trabajar el huerto que tengo al lado del río. Cuando el sol estaba alto, me he sentado a comer el pan con la chacina y a poco, me he quedado dormido. Cuando he despertado, ni río, ni huerto, estaba en este camino que no sé adónde va. Entonces te he visto. Y, para ser sincero, he creído que eras una de la compaña porque vas con una ropa extraña…, aunque reconozco que después de hablar contigo pareces una buena mujer. 

—¿Y las piedras?

—¡Ah, esas son para sujetar unos cañizos del huerto! 

Me dijo que se llamaba Octavio Sánchez y que era padre de seis hijos, el mayor de catorce años. Me rogó que le ayudara a regresar a su casa. Se me ocurrió que, si el sueño había sido su puerta a otro espacio temporal, otro sueño podría devolverle a su mundo. Es la vieja teoría de un clavo saca otro clavo. Después de explicarle con palabras sencillas que estaba en otra realidad, cien años más adelante en el futuro, negó con la cabeza; yo seguí, erre que erre, confundiéndole, ¡pobre Octavio, no entendía nada! Sonó mi móvil, él estaba cada vez más aturdido, se apartó de mí, como si temiera algo. Cuando acabé la breve conversación, le invité a acercarse, tenía intención de enseñarle un vídeo, el de la Maldita primavera, con el ánimo de ver su reacción.  Lo miró un instante, yo diría que menos de dos segundos. Noté un viento frío y cuando levanté la vista del móvil, mi Octavio había desaparecido. 

Menos mal que pude comprar los tomates y las cebolletas, sin más contratiempos. De vuelta a casa, una hora más tarde, pensé que el día seguía siendo magnífico y que el universo era como un melón cerrado: hasta que no se abre no se sabe si será dulce.