Nunca tuve sexo con animales

Lengua de lagartija

 

Siempre me atrajeron los animales. Tal vez podría catalogárseme con el incorrecto apelativo de “amante de los animales”, que es como hacer referencia al amante de Lady Chatterley, lo cual es absurdo porque nunca mantuve actividad sexual con animal alguno, ya sea doméstico o montaraz (de momento… el futuro es impredecible), y menos con Lady Chatterley. Pero sí es cierto que tengo una gran estima por bichos de toda clase, desde el cocodrilo del Nilo y la hiena manchada hasta el mosquito tigre o los piojos púbicos, vulgarmente conocidos como ladillas, que son criaturitas pequeñas siempre dispuestas a alojarse en tu pelo púbico para vivir felices en esa jungla, chupando una minucia de tu sangre y criando sus amorosas liendres (invariablemente necesitadas del afecto materno) hasta que tu mal corazón te inste a exterminarlas con permetrina u otras neurotoxinas mortales, valiéndote de que las sociedades protectoras de animales y plantas nunca rezongan en estos casos. ¡Si serán hipócritas! Valga como ejemplo la aniquilación de esas tiernas larvas que hacen su hogar en el aparato digestivo de tu doberman. Son miles y son muy graciosas, todas blanquitas, todas inquietas y serpenteantes. Así y todo, el veterinario te recomienda que las inmoles con canisan tabletas u otros productos igualmente genocidas, ¿hay derecho? ¿Es justo asesinar poblaciones enteras para salvaguardar la salud de un solo individuo?, ¿acaso las ladillas y los gusanitos intestinales no tienen alma, al igual que tú y los hurones y las sanguijuelas? Claro que sí, me digo, ahora en plan místico. Claro que sí, planteo, como buen demócrata que soy, porque si el alma existe entonces una de dos, o la tenemos todos los seres vivos o no la tiene nadie, que la igualdad es un gran valor heredado de la Revolución Francesa, ¡caramba!

Ahora bien, de entre todos los animalitos de la Creación uno que siempre me ha fascinado es la lombriz de tierra, un anélido muy curioso al que le da por jugar a las escondidas metiéndose entre el barro de los jardines. De niño yo atrapaba a estos animalitos y, provisto de una sierra de talar árboles, los partía en dos para ver cómo se duplicaban. Los quería tanto que cuando pillaba uno quería convertirlo en dos porque me habían contado que eso es lo que ocurre cuando los divides por la mitad. Entonces permanecía un buen rato observando cómo coleaban ambas mitades, en espera de que una y otra regeneraran con rapidez para así poder develar el misterio del yo. La cosa se plantea del siguiente modo: si estando yo intacto yo soy yo, al ser dividido en dos partes, ¿cuál de ellas será mi yo? ¿Acaso las dos? ¿Tendríamos entonces un yo-yo o qué caracoles tendríamos? (No, caracoles no, lombrices, puse dicha interjección para no recurrir a “¡coño!”, que tan mal suena). Así pues, yo me quedaba durante horas observando ambas mitades para al fin comprobar que mi información era inexacta: la parte de la cabeza se regeneraba, en tanto que la otra se pudría.

El hecho es que mis inquietudes metafísicas se orientaron por buen camino al enterarme que no son las lombrices de tierra sino los gusanos planaria quienes perduran en ambas partes al dividirse. Van regenerándose indefinidamente por el crecimiento de nuevos músculos, piel, vísceras e incluso el cerebro. Tú lo cortas en dos mitades y en poco tiempo tendrás dos individuos. Si lo cortas en cien partes tendrás cien planarias. ¿Os imagináis, chicas, lo maravilloso que sería tener una copia de George Clooney para cada una de vosotras después de trocearlo en un millón de porciones? Y los muchachos, ¿podéis figuraros lo placentero que podría ser que todos pudiesen disfrutar de un duplicado de Claudia Schiffer para uso particular?

Volvamos a la indagación metafísica para hacernos el siguiente planteo. Si un gusano planaria posee su propio yo, al igual que lo posees tú y hasta el mismo George Clooney, ¿al ser dividido en dos partes, cuál de ellas retiene el yo original? ¿Ambas? Pues bien, supongamos que antes de que lo cortaras con la hojita de afeitar el gusano tuviese por nombre Pepito, ¿una vez fraccionado, las dos partes se llamarían igualmente Pepito? ¿O tal vez Pepito uno y Pepito dos? No, tal cosa sería conflictiva porque, debido al carácter egotista de todos los seres vivientes ninguna de las copias aceptaría el rol secundario. Acaso habría que darles un nombre a cada porción. Por ejemplo Huguito y Jaimito. En fin, son especulaciones relacionadas con el enigma del yo, al que habrá que seguir investigando hasta encontrar su esencia original, aunque eso sí: deberá tenerse en claro que jamás he tenido sexo con animales.