Le dije que este año no quería pasar la castañada en el pueblo. No se me ha perdido nada en su única calle, corta y empinada, en la que apenas cabe el coche y hay que circular con mil ojos para no rozar las paredes de las casas, medio en ruinas, perfecto espejo de sus nueve habitantes.
Dieciocho ojos nos miran mal. En realidad, diecisiete porque Florentino es tuerto. Les molesta que seamos jóvenes y guapos, sí, guapos; que tengamos coche y que por las noches encendamos velas, mientras escuchamos el nuevo disco de Charles Trenet, sobre todo la cara A: Que reste-t-il de nos amours?
Nos encanta escucharla mientras miramos por la ventana, sobre todo yo, que me ensimismo contemplando la calle desierta. No hay un alma a partir de las tres de la tarde. La gente se encierra en sus casas y ya no sale de ellas hasta el día siguiente. Dicen que hay un fantasma que aparece siempre por esa fecha, al caer la noche. Que el ánima es zumbona, le gusta asustar, abre y cierra los postigos de las ventanas, incluso cambia los tiestos de sitio. ¡Paparruchas de viejos!
En cambio, nosotros, que no creemos en tales majaderías, paseamos tan tranquilos la noche de todos los santos. Es nuestra costumbre. Después de cenar, y con la melodía fresca en los oídos, salimos con el tarareo en los labios: que reste-t-il de nos amours… une photo, vieille photo de ma jeunesse… En voz alta, desafinada, pero con brío, repetimos la misma estrofa.
Como digo, todas las noches del treinta y uno de octubre, nos dirigimos hasta la iglesia cerrada –se abre por motivos muy justificados: el día de la fiesta patronal y se acabó. Nuestro objetivo es el cementerio chiquito que hay detrás de la iglesia. Tan lindo, con sus tumbas antiguas, de lápidas resquebrajas donde, en los bordes de las sepulturas de tierra, crece la siempreviva.
El año pasado, mientras contemplábamos las estrellas y el valle pelado que se extiende hasta el próximo pueblo, apareció una luz verde sobre el campanario. No se movía, parecía una bombilla colgada a propósito para proyectar luz sobre el cementerio. Había tanta claridad que se leían las inscripciones de las tumbas. Por ejemplo, la que teníamos enfrente. No había reparado antes en ella; era una tumba antigua, alguien había depositado un ramo de flores frescas: margaritas amarillas. Y no sé por qué, sentí un repelús. Esas flores son mis preferidas. ¿Quién las habría dejado allí?
Volvamos a casa, le apremié, pero él no me hizo ni caso, como siempre. Y entonces, se agachó para arreglar el ramo, en murmullos le oí decir:
Hasta el próximo año, Jacinta, Que reste-t-il de nos amours? ¿Te acuerdas? Hace tantos años que ya no estás en este mundo loco, si vivieras hoy… ahora, nuestra canción la escucharías en el móvil, pero qué sabrás tú de móviles ni de nada… ¿verdad? Adiós, adiós querida mía…
Pasó una cosa extraña: la luz verde descendió hasta la tumba para envolverme con sus acogedores fotones. En ese instante, él cerró la verja del cementerio y yo, en vez de quedarme allí, le seguí hasta nuestra casa.
Y así, otro año más pasado en el pueblo. ¡Qué remedio, es tan cabezón! Suena nuestra canción en el móvil, cacharro del demonio. Tengo unas ganas locas de cantar y no me sale la voz.