La conversión literaria

Solo, por favor

 

Acabaré presentándome. Antes, síganme por esta casa en ruinas. No más vieja que el más viejo de ustedes, ni más lejana.

Asentado de mala manera sobre cimientos volubles, fenece el hogar de mi infancia. La primera fisura, en el dormitorio, rasgó el árbol pintado en el papel de la pared, el que tracé tras el cumulonimbo del que solo precipitaban dos gotas, las que acabaron dibujando el tronco, por donde se abrió la primera brecha de mis pesadillas. Que fue a más, hasta tronchar el árbol por un rayo que partía desde el techo, del que cayeron los primeros yesones, amasijos de algodón petrificado de nubes que jamás me arroparon. Tan real como la tonelada de mantas raídas que también parapetaba el frío de mis huesos. Tan real como el miedo a la oscuridad, tan lánguido como el beso alcoholizado de buenas noches de mi tío, hermano de la madre pizpireta que guardo en la foto desvaída. La única foto, y donde aferré mis esperanzas. Hasta ahí llega la patria de mi niñez.

Mi tío Sebastián yace ahora en el cementerio de la Almudena, apenas unos centímetros encima de su hermana. Estamos los tres en comunión con la tierra que los sepulta, mientras el cierzo ulula y la fresca llovizna de noviembre me envuelve en lágrimas. Hago de estela o de tótem, mi barba cae en sentido opuesto a los cipreses, el silencio se mezcla con lamentos en u. Todo está perdido.

Salgo por donde entré; no es la puerta del redil; soy el ladrón que vino a robar, matar y destruir el pasado. Para salvar a mi estirpe de la humillación, una humillación que duele físicamente, que clava todos los fuegos en el hígado, que devoraba mis neuronas hasta la náusea. Ya no. Escapo de los hijos de Lucifer a tiempo; caen los muros del camposanto tras invocar las trompetas de Jericó. Reviven los profetas de su tierra derramada portando nuevas: Lleva cuidado, no hay infinitos mundos para el mortal. Agacho la testuz, imploro a la mordaz señal de los nueve círculos, el nuevo día está por morir con la chispa del último relámpago. Aturdido, presa del mal, busco mi víctima. La calle es larga, llena de llagas; zagales guillotes llegan gallardos a la casa de apuestas. El sitio indicado, el de los nuevos valores, del yeísmo del nuevo ídolo, del cayado de la gaya ciencia. Un pipiolo repara en mí (el pobre desgraciado no sabe que es mutuo). Soy carne de cañón, según parece. Entro en el local con una mano delante y otra detrás. Decide apostar por mí. Gana. Vuelve a intentarlo. Vuelve a lograrlo. Me tiene a su merced, cree. Juego. Pierdo. Vuelvo a jugar y a perder. ¡Ya es mío! Guillermo yace inerte en el delirio. Sabe cómo arribar a casa, sus padres le esperan, pero será otro: envuelto en llamas. Despacio, hurgándose los bolsillos, me mira. Sin blanca. Sus amigos lo atestiguan con miradas en rojo sangre. Corría tras la riqueza sin saber que la miseria le esperaba. Como en el epíteto de Golding, cuando un ejército de moscas adoran a la cabeza del jabalí, sin compasión, lo arrastro a mi fe.

Está a punto de suceder.

Se ha subvertido: los padres no saben quién es; las miradas no coinciden; el saber ocupa su lugar. Guillermo ha de escapar. Se refugia en la biblioteca municipal. Sé que me busca. Se ha quedado solo, en un rincón donde nadie estudia. En vela, me deleito con su apetito: soy Nadia, los ojos del correo del Zar camino de Irkutsk; soy el semáforo en rojo que te deja ciego de repente; soy el lodo que frotas en tus ojos. Todos huyen de la privación peripatética, porque no hay nada más. Porque soy lo que están por leer mientras mueren. Y jamás escaparán.