Horror en el hipermercado

Entre líneas

 

No es fácil vivir, a veces incluso es algo raro. Por eso cuando decidimos cambiar de vida intuimos que algo no acabaría bien.

Hacía ya tiempo que estábamos cansados de seguir tantas normas y no me sorprendió que me confesaras que no querías que las obligaciones guiaran tu vida nunca más, que ya no deseabas vivir así.

Le di vueltas al tema y bajé al hipermercado huyendo del horror que también yo empezaba a sentir. Estaba agotada de tantas obligaciones, puse un par de latas en el carrito y salí de la tienda.

No tuvimos más remedio que hablar sobre ello, y decidimos que lo mejor sería intentar vivir de una forma más relajada. Así que resolvimos no hacer planes ni marcarnos objetivos y dejarnos llevar libremente.

Recuerdo que fueron unos tiempos casi felices; la felicidad sin el casi jamás la conocimos.

Pero nada dura eternamente y todo ha vuelto a cambiar. Sin darnos cuenta hemos ido volviendo a nuestra vida de antes. Has ido renunciando a tu anhelo de libertad, como si de nuevo necesitaras volver a marcarte metas para así llenar tu vida de algo de sentido.

Y lo peor es que te entiendo; algunas veces me he pillado mirando el calendario y desesperándome al ver que no hay nada anotado. ¡Tanta libertad, tanta libertad! —me digo—, como si el miedo al vacío me asaltara de repente.

Hoy ya ha sido el colmo: has empezado a pegar en la nevera todo tipo de post-its con consejos, ordenes y recomendaciones. Incluso has puesto en un papelito que a partir de ahora nos levantaríamos cada día a las siete de la mañana en punto. ¡Hasta aquí podíamos llegar! —te he dicho—. Definitivamente, lo tuyo no tiene remedio.

Y en vez de largarme al hipermercado como hago siempre, de un manotazo he arrancado los papelitos de la nevera, los he hecho pedazos hasta que no se pudieran leer; los trozos han caído al suelo y las baldosas se han transformado en un mosaico ilegible en amarillo y azul.

Al ver esas palabras rotas en el suelo es como si hubiéramos visto rotos nuestros más íntimos sueños. No hay nada más triste que un deseo roto —me has dicho—, porque se vuelve loco y no hay quien lo pare.

Hemos recogido con pesar nuestros deseos esparcidos por el suelo. Solo nos queda esperar que las obligaciones se alejen, que desaparezcan como desaparece todo, como se desvanece el sueño, el día y el cielo. Que se quiebre todo para empezar de nuevo.