Dejé una carta manuscrita que no leería nadie. Rompí una copa de cristal fino. Quedó una esquirla grande y preciosa como un estilete. Me vendé ambos brazos a la altura del codo en un gesto de pudor. Hundí el cristal en los antebrazos en profundas heridas verticales hasta que salió la sangre roja brillante de las arterias a borbotones. Hay un instante en que ya no se siente dolor. La sensibilidad desaparece, y la razón empieza a diluirse, hasta el momento en que se pierde la noción del tiempo y del espacio. Boca arriba en la cama noté salir la sangre por las arterias de mis muñecas al ritmo del corazón. Sentí que me estaba muriendo. No era una idea desagradable. Era como llegar al final de un viaje muy largo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza.
(Fotografía de Horst Kistner)
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