El 10 de diciembre de 1967, Otis Redding y cuatro de los miembros de su banda (The Bar-Kays) murieron en un accidente de aviación cuando el aparato perdió combustible y se precipitó en el lago Monona, cerca de Madison (Wisconsin). Iban de camino a dar un concierto en el Medio Oeste. Redding tenía 26 años y estaba en la cumbre de su éxito. Aquel mismo año había participado en el festival de Monterrey, frente a un público mayoritariamente blanco, y lanzado su herencia rítmica sobre Aretha Franklin y Arthur Conley. En poco tiempo había logrado popularizar la música soul y aproximarla al gusto de las estrellas del rock blanco, que bebieron en sus ritmos sincopados, en su riqueza vocal y en su autenticidad. Hoy, cuando se cumplen cincuenta años de su muerte, queremos reivindicar su condición de rey del soul y recordar algunas vivencias que permanecen intactas, unidas a sus canciones, en nuestra memoria.
Hubo al menos dos reyes del soul: Sam Cooke («el mejor cantante que ha existido», según el productor Jerry Wexler) y Otis Redding, que no tenía rival a la hora de transmitir emociones con su voz. Redding dominaba el arte de excitar la sensibilidad del oyente. En sus actuaciones se agitaba, se retorcía, sudaba, caía de rodillas; en sus discos, alternaba una voz de terciopelo con gritos y lamentos que le conducían, roto y vencido, al final de la pieza. Y aunque sólo fuera por eso, porque el dramatismo de Redding resultaba auténtico, merecería ser llamado «rey del soul», esa música del alma negra que combina el gospel y los ritmos agitados del doo-wop y el rhythm and blues. Además, en lo personal, Otis Redding fue un tipo cariñoso, comprensivo y cálido, que se implicó en la defensa de los derechos civiles de su raza. El propio Wexler destacó en su funeral que «Otis comunicaba amor, una gran fe en las posibilidades del género humano y un enorme respeto por sus raíces. Esa fue otra de las cualidades de un hombre cuya composición Respect se convirtió en un himno de esperanza para el mundo entero».
Por su parte, nada que objetar a Sam Cooke, que fue un cantante suave, elegante, urbano; un apuesto y simpático vocalista, a veces traspasado por un erotismo que aturdía a las señoras. Pero en Sam Cooke la pasión quedaba simplemente apuntada. Otis Redding, en cambio, se dejaba consumir por ella y conseguía que sus oyentes nos ofreciéramos con gusto al sacrificio. Redding fue un maestro de la balada soul más desgarrada, pero también un experto en el ritmo más desenfrenado. Redding sabía cómo incendiar a sus seguidores y trasladarles la rabia o el disgusto que él mismo experimentaba en sus interpretaciones. En su segundo LP (The Otis Blue, 1964), Redding interpretó tres piezas de Sam Cooke: Shake, Wonderful World y Change Is Gonna Come. Oigan las dos versiones y comparen, y si encuentran algo mejor, cómprenlo.
En ese disco inmemorial, también se incluye una versión del Satisfaccion de los Rollings Stones, tan agresiva, tan provocadora, tan roquera, que hizo creer a muchos fans que el propio Otis Redding era el padre el invento. El disco incluía otras versiones memorables: el Rock Me Baby, de B.B. King, y el My Girl, de Smokey Robinson, pero la mejor pieza del conjunto fue una balada del propio Redding, que todavía hoy puede romper el corazón de quien la escucha (I’ve Been Loving You Too Long, escrita junto a Jerry Butler). I’ve Been Loving You fue su mayor éxito comercial hasta el lanzamiento del Dock Of The Bay (1967), pocos días después de su muerte. Y si esa canción puede conmovernos hasta la médula no es sólo por lo que dice, sino por la manera de decirlo. Quizá haya que haber estado enamorado y haber perdido en el envite para sentir el dolor de Redding:
He estado queriéndote demasiado tiempo
como para parar ahora.
Tú estás cansada y quieres ser libre,
pero mi amor sigue creciendo
porque estoy habituado a tenerte.
Contigo mi vida ha sido tan bonita
que no puedo parar ahora.
Tú estás cansada y te vuelves fría,
pero mi amor sigue creciendo
mientras nuestra aventura envejece.
He estado queriéndote tanto tiempo,
que no puedo parar ahora…
Y así hasta completar una letanía de súplicas, expresada con voz trémula, entre implacables riffs de viento y sucesivos trallazos de batería. En los casi tres minutos de la canción, Otis implora seguir con su chica, aunque ella prefiere dejarlo. «Estoy arrodillado -concluye-. No me hagas que abandone ahora».
Descubrí a Otis Redding con diecisiete años, en las incipientes discotecas de Castellón, donde nos dejaban colar de extranjis para que, a cambio de un par de consumiciones, agitáramos el cuerpo con los ritmos de Eddie Floyd, Sam & Dave o Wilson Pickett. Aquel soul furioso era la música de nuestro tiempo. Ni idea de que existiera una dimensión íntima en Otis Redding. Lo conocíamos por su Respect, que también cantaba Aretha Franklin, por su ardoroso I Can’t Turn Your Loose y por el ya mencionado Satisfaction, de los Rollings. Y todavía no dábamos valor a la que luego sería nuestra modalidad de baile favorito: la balada tórrida, abrazados al cuerpo de una mujer experimentada. Cierto que deseábamos ilustrarnos al respecto, pero no nos atrevíamos. Así que las pistas de baile eran como las jaulas de un zoológico donde algunos monos saltábamos enajenados.
Entonces apareció Mari Carmen. Creo que fue la primera chica que me dijo que sí cuando la saqué a bailar en una discoteca.
Era una morenita de aspecto agitanado, con melena corta, ojos grandes y boca fresca. Mari Carmen era muchísimo más desenvuelta que yo y, desde luego, más experimentada. Para mi sorpresa, bailamos abrazados al ritmo de un blues meloso, de Sam Cooke quizás, y luego estuvimos charlando de música y de Otis Redding, del que dijo tener todos sus discos porque su hermano, que vivía en Memphis, tocaba la guitarra y conocía a un montón de gente de la Stax. Su hermano, o su padre, ya no lo sé, le mandaba las novedades antes de que salieran en España.
A lo largo del verano nos frecuentamos en la discoteca Derby Lord y fuera de ella. Durante semanas trotamos con Tramp, de Otis Redding y Carla Thomas, para luego estrecharnos al ritmo de sofocantes baladas soul. Recuerdo el olor a canela de Mari Carmen, su pelo sedoso y la suavidad de su espalda, donde mis dedos se recreaban acariciando un lunar que emergía bajo el tirante de su ropa interior. A la luz del día, en la playa o paseando por el puerto, Mari Carmen se dejaba besuquear en el cuello y las orejas, un ritual que concluía con besos furiosos, devorándonos, frente a un mar embravecido. La recuerdo con faldita corta, marrón tabaco, y calzado deportivo. Ella quería ir más allá, pero yo -al fin y al cabo un estudiante de COU sin perspectivas- no podía permitírmelo.
Un día me visitó en el piso que compartía con otros compañeros de estudios, se tumbó en mi cama y me provocó entre risas, enseñándome sus braguitas de joven-niña con dibujos. «Estás bebida», le dije, «y no sabes lo que haces». Entonces salí a fumar al balcón del comedor y me tragué las ganas. Estaba claro que aquello no me convenía. Recuerdo que en el tocadiscos sonaba con patética aflicción el Otis Redding de Pain In My Heart. Cuando volví a la habitación, ya no estaba.
Intenté recuperarla en vano. Mari Carmen me esquivó. Sin duda buscaba lo que yo no podía darle. Creo que la vi a mediados de otoño, abrazada a otro, en la zona más umbría del parque Ribalta. Eran las ocho de la tarde y no pude reprimir un sollozo.
Cuando murió Otis Redding se presentó en mi casa con el último disco del rey del soul, recién llegado de Memphis: Sitting In The Dock Of The Bay. Mari Carmen vino acompañada de un amigo -más mayor que yo, más hombre- que dijo dedicarse a la venta de seguros. Recuerdo que le dije «te llevas a una chica extraordinaria», y él asintió con sonrisa cómplice. Por unos momentos me vi como un auténtico gilipollas.
Conservo de ella una única fotografía, un motón de recuerdos y el sueño imposible de una larga vida en común. Los cincuenta años sin Otis Redding son también cincuenta años sin Mari Carmen, sin su picardía, su ternura, su sensualidad. Así que no es extraño que se me pueda ver, todavía, silbando las viejas canciones de Redding, sentado en el puerto, mientras sube la marea.