Las gradas que suben al segundo nivel del mercado municipal de Santiago Atitlán, departamento de Sololá, Guatemala, son de cemento gris y crudo… se muestran desportilladas, mugrientas y llenas de cicatrices. Su monocromía se ve rota por algunas peladuras de mango y por cáscaras de plátanos y mandarinas. Culminan en un rellano en el que se descubre una anciana inexpresiva que intenta vender su cestita de frijoles junto a un cubo de basura de plástico que los perros han tumbado y que expande un hedor agresivo e indefinido… esta peste trata inútilmente de formar algún tipo de concierto con los olores que desprenden las carnes recién despiezadas y las verduras apiladas durante demasiadas horas. Un perro escuálido y famélico espera, cansado, un descuido de la vieja vendedora.
Desde el rellano, volviendo la mirada, bajo una maraña de cables eléctricos que surcan el aire en todas direcciones, se descubre la indolente e intensa vida del mercado callejero diario en un cruce de calles. Varias docenas de mujeres vestidas con prendas multicolores, increíblemente trabajadas y envejecidas por el uso excesivo, se alinean siguiendo el bordillo de las aceras, sentadas en el suelo, junto al canastillo de plástico enrejillado en el que exhiben sus exiguas mercancías: un poco de maíz en grano, algunos frijoles negros, un puñado de aguacates roñosos y heridos, bolsitas de cacahuetes oscuros, manojitos de cilantro, racimos de platanitos de oro… Sus figuras y sus rostros son una galería completa de los resultados de la dureza de la pobreza y de las secuelas de la escasez y las privaciones. La combinación de colores que trenzan las frutas, las verduras y las vestimentas sería un espectáculo deslumbrante si no fuera por el halo de tristeza que enmarca la escena.
Las camionetas y los motocarros pasan rozando los humildes puestos y van esparciendo los humos de sus motores por los minúsculos pescados que ofrece una criatura triste de unos 10 años y sobre los trozos de fruta que una madre con una criatura atada a su espalda trata de defender de las moscas… En la acera, se descubre un guiñapo humano con forma de mujer, descalza, andrajosa y sucia… está medio tumbada y resulta difícil saber si espera, acompaña o descansa abandonada. Unos pasos más allá, un perro esquelético y sarnoso dormita olvidado. En otra acera, tres gañanes toscos destripan con las manos la mitad aprovechable de una sandía que ha desechado el frutero de al lado… gritan y gesticulan en demasía, en un intento de ocultarse a sí mismos sus fracasos y limitaciones vitales. En un punto discreto del cruce, un pequeño hombre enjuto y arrugado, vestido con un traje negro ajeno que le va demasiado grande, salmodia incesantemente inescrutables admoniciones religiosas que nadie escucha. Intriga saber en qué mundo interior le hace merodear su ceguera. Junto a él, en el suelo, un borracho joven duerme junto a su sombrero manchado.
De pronto, por un lado de la escena, aparece una niña de unos 8 años como un rayo brillante cargado de esperanza. Camina alegre, sus pies van jugando con el suelo. Lleva una mochila nueva a su espalda, y en una de sus manos luce un lápiz con un muñequito en una de sus puntas. Va a la escuela y, en su inocencia y en su alegría, resulta fácil adivinar la potencia encerrada en esta figura frágil; el espectador, emocionado, necesita confiar en que su futuro pueda petrificar y superar todas las sombras de la escena que atraviesa… Aunque en el cielo, entre el mercado y el volcán, unos zopilotes negros revolotean amenazantes.