Se despertó temprano, abrió los ojos unos segundos antes de que el despertador sonara y se estiró bajo las sábanas antes de saltar de la cama e iniciar los rituales de cada mañana. Esos gestos mecánicos que se hacen entre las brumas del sueño casi a oscuras en la casa que guarda todavía las palabras pronunciadas la noche anterior, el humo frío de los cigarrillos en el cenicero y los platos sucios en la fregadera de la cocina.
Mirarse en el espejo; ducharse con agua templada, casi fría, para que el cerebro adquiera su capacidad de raciocinio habitual; vestirse y calentarse la leche del desayuno.
Hizo todos y cada uno de los gestos cotidianos y cuando se disponía a llenar el tazón de leche lo vio sobre la mesa de la cocina. Sorprendida, abrió la boca y salió corriendo a por las gafas que todavía no se había puesto esa mañana. Al volver a la cocina seguía estando encima de la mesa en la misma postura que antes, no se había movido.
Estaba en el mismo sitio, medio plegado y arrugado en uno de los extremos. Ahora que llevaba las gafas puestas se fijó en que en la punta había un agujero minúsculo. Lo cogió con dos dedos y lo miró con atención. No era suyo, no podía ser suyo de ninguna manera, primero por el tamaño y segundo porque los calcetines de rombos no le gustaban. Siempre había pensado que eran horteras, de mal gusto, como de obrero de la construcción. En su escala de valores los obreros de la construcción ocupaban un lugar ínfimo, cercano a los orangutanes o a alguna otra criatura selvática e incivilizada.
Cayó en la cuenta de que encima de la mesa había sólo un calcetín e inmediatamente pensó en dónde podría estar la pareja. Miró alrededor en la cocina, debajo de la mesa, por el suelo. Nada, no estaba.
Salió a la salita, pasó al comedor, miró debajo del aparador, separó uno por uno los cojines del sofá, metió la mano por las rendijas y encontró dos monedas y un cortaúñas que ya daba por perdido. Nada, la pareja del calcetín no aparecía. Entró por fin en el dormitorio a buscarlo, aunque allí seguro que no estaría, no era posible.
Ese calcetín debía ser de Ángel, el conserje, que se lo habría quitado el día que le subió la compra. Seguramente le debía molestar algún pliegue en el pie y se lo quitó para evitar la molestia. Eso debía ser, sin duda, así que en el dormitorio era inútil que siguiera buscando porque Ángel nunca entraba en casa más allá de la cocina.
Volvió a la cocina a recalentar la leche, que con la historia del calcetín se le había enfriado, y cuando la volvió a verter en la taza le pareció que su hipótesis no se sostenía. Era muy inconsistente, muy cogida por los pelos. Uno no se quita un calcetín porque le haga daño un pliegue. Uno se quita el zapato, se estira el calcetín y se vuelve a calzar. Así que el calcetín no debía ser de Ángel. A no ser que el conserje lo hubiera visto enredado en las cuerdas de la ventana de la cocina y lo hubiera dejado encima de la mesa para que si lo reclamaban los vecinos de arriba ella se lo pudiera devolver. Eso debía ser, seguro.
Acabó el desayuno y salió corriendo al trabajo al que llegaría tarde a menos que el metro hiciera un milagro esa mañana.
Los vecinos, o mejor la vecina, de arriba siempre andaban perdiendo cosas. La vecina era una señora de unos setenta u ochenta años que vivía sola. A ella le era muy difícil calcular la edad de la vecina de arriba porque no tenía demasiadas arrugas y el pelo color violeta la convertía en alguien de edad indefinida.
Cuando faltaba una estación para su destino se dio cuenta de que la vecina de arriba vivía sola y no tenía ni sobrinos ni hijos, cosa de la que se quejaba amargamente cada vez que se la encontraba en el ascensor. De manera que el calcetín no podía ser de la vecina ni de su marido, que en paz descanse, ya que cuando este murió, ella, la vecina, había hecho un paquete con toda la ropa y la había llevado a la parroquia, incluidos los calcetines, naturalmente.
El trabajo la absorbió todo el día así que dejó de pensar en el calcetín. Por la noche la prenda seguía encima de la mesa de la cocina. Le seguía intrigando su procedencia, pero decidió que no podía gastar más energías y más tiempo en pensar en un calcetín ya que había cosas más importantes en las que pensar, como por ejemplo… Y ahí se detuvo porque no encontraba un ejemplo suficientemente bueno. Lo cogió con un cierto disgusto y lo guardó en el armario de los trastos viejos por si acaso alguien lo reclamaba y se fue a dormir.
En el fondo era una solitaria que donde se encontraba mejor era entre esas cuatro paredes que constituían su mundo, rodeada por todos sus recuerdos de viajes y las fotos de sus padres y de un perro que tuvo cuando era pequeña y que cuando murió le causó tanto dolor que no quiso tener más. Recordaba haber llorado más la muerte de Trampas que las de sus padres. No había tenido nunca novio a no ser que consideremos novios a los chicos que salían unos días con ella y luego la olvidaban porque ella no parecía conectar con sus deseos. Ahora, novio, novio, no, nunca lo tuvo. Ninguno de sus esporádicos acompañantes subió nunca a casa de sus padres a comer ni llevó un pastel para merendar.
Después de que murieran sus padres tampoco subió ningún hombre a su casa y eso no le ocasionaba ninguna preocupación. Estaba bien como estaba. A sus treinta y muchos tenía una posición discreta y hasta ahorraba algo todos los meses. No se podía quejar y la verdad era que no se quejaba.
En verano hacía un viaje exótico lo más alejado de la civilización urbana posible. Había visitado la Patagonia, los fiordos noruegos, el Sahara y otros lugares despoblados. Salvo estos excesos, llevaba una vida ordenada y sencilla.
El despertador sonó, pero ella ya había abierto los ojos unos segundos antes y lo paró, hacía frío porque la noche anterior había cerrado el radiador pensando que llegaba la primavera, pero la temperatura había bajado repentinamente aquella noche y el cuarto estaba frío.
Las rutinas matinales las hizo más deprisa que de costumbre porque, aunque había vuelto a encender el radiador, hasta que pasaran un par de horas la temperatura no volvería a ser la adecuada.
Se duchó y vistió deprisa y fue a la cocina a calentar la leche. Entonces la vio y el corazón le dio un vuelco. No podía ser verdad. Ya había sido suficiente con el calcetín que nadie reclamó nunca y ahora otra vez la broma, aunque esta vez no era un calcetín sino otra prenda. Del respaldo de la silla colgaba una corbata amarilla de seda con elefantes grises estampados.
Los elefantes le hicieron gracia, pero la corbata no, le parecía poco elegante, aunque no tanto como para considerarla propia de un obrero de la construcción.
No salía de su asombro. ¿Cómo había llegado hasta la silla de su cocina esa prenda eminentemente masculina? Había compañeras suyas que a veces la llevaban como adorno más o menos serio para hacerse respetar en un ambiente de trabajo en el que las frases insinuantes de los jefecillos de sección eran más frecuentes de lo que sería de desear.
Aquella mañana, diez o doce días después de encontrar la corbata de elefantes, el hallazgo fue mucho más sustancioso. Un billetero de piel marrón un poco usado reposaba en la alfombra del comedor.
Corrió a ponerse las gafas y lo recogió con cuidado. Había unas tarjetas de crédito, un carnet de conducir, otro de identidad, papeles con notas y teléfonos y una foto suya apoyada en un cocotero sonriendo a la cámara. También había algo de dinero.
Estaba confusa. ¿Por qué había una foto suya en aquel billetero? Recordaba perfectamente dónde y cuándo se había hecho esa foto, pero estaba segura de no habérsela dado a nadie. Seguía mirando la foto, embobada, sin reaccionar. Era en una playa del Caribe, en Venezuela en el verano del 93, una playa de arenas blancas y finísimas con una mar turquesa que en la foto había salido excesivamente verdosa. Sacó con cuidado el carnet de identidad y vio el retrato de un hombre con bigote y ojos inteligentes que parecían mirarla. Juan Estrada Pomés se llamaba. Domiciliado en… ¡Imposible! En aquel documento estaba escrito su propio domicilio, Calle de los Arcos nº3, 3º 2ª.
Su confusión era total. Aquello era una broma de mal gusto y ella no lo podía consentir. No señor. Llamaría a la policía, a los bomberos, a quien fuera; pero eso no podía ser. Lo del calcetín y la corbata, pase, pero bromear con ella de esa manera era llevar las cosas demasiado lejos y no estaba dispuesta a tolerarlo.
En ese momento se abrió la puerta de la calle y entró el hombre del bigote al que acompañaba una muchacha rubia.
—Pase, señorita. Le presento a mi esposa. Cuide de que no se haga daño con cualquier objeto y sobre todo no deje que salga sola. Acompáñela al parque, de compras, en fin, lo que convinimos, pero evite siempre tomar la línea de metro que lleva a su antigua oficina. Los pobres ya están cansados de llamarme cada dos por tres porque últimamente cuando yo salgo hacia mi trabajo ella sale y se presenta en su antiguo puesto pretendiendo que todavía está empleada allí. ¡Ah! Menos mal que has encontrado el billetero, creí que lo había perdido y he anulado las tarjetas —sonrió a su esposa que tenía la mirada perdida en un punto—. En fin, las dejo y no se olvide de darle la medicación a sus horas.
Salió del comedor y se oyó la puerta de la casa cerrarse. Llovía. Esa mañana, llovía.