Tizas

M de Mirinda

 

Del fondo de la charca oculta extraigamos capazos de esparto llenos a rebosar de arcilla clara y, con ella, amasemos dedos de yeso, palotes de pequeño calibre, barras de buena factura a las que llamaremos «tizas» (del náhuatl tizatl: tierra blanca).

No queramos vivir «a tiza puesta». Hagamos prospecciones. Seamos fabriles.

Perdida la humedad, curados, y ya asibles nuestros nuevos lápices de polvo compacto, imploraremos el pronto contagio, llamémosle así, del síndrome de la tiza inquieta.

Aferraremos nuestras nuevas herramientas con la diestra mano, pensaremos y, por dentro, se nos removerán las intenciones hasta que, llegado el momento de ebullición, comenzaremos a garabatear muros negros, aceras descompuestas, superficies de madera sin pulir, barandillas, recovecos y paredes.

Quedarse quietos, con una tiza en la mano, agarrándola fuerte para que no se gaste, para que no se nos acabe, no es una opción.

No queramos vivir «a tiza quieta». Hagamos incursiones. Seamos febriles.

Luego, lloverá: claro. El Servicio de Limpieza Urgente del Ayuntamiento intervendrá, por supuesto. Los receptores de nuestros corazones de tiza en la pared se armarán de valor, y de bayetas de microfibra, para erradicar las iniciales, suyas y nuestras, a la vista del dominio público vecinal: ¡faltaría más!

Se borrará todo mensaje, toda huella, todo rastro, una y otra vez: lo asumimos, como también aceptamos que podrán sobrevenirnos ataques de alergia al polvo de las barritas de tiza, que podremos sufrir dermatitis «tízica», que podrán censurar nuestros escritos de yeso, gis, xis, que podremos pagar por ellos un alto precio.

Vivamos a toda tiza.

Persistiremos hasta que la destreza en el arte del garabateo nos encumbre: por la belleza del alfabeto ejecutado, por el calado de los mensajes que vayamos «atizando» en las paredes o por la mera constancia. Seamos incansables.

Luchemos a tiza partida.


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