Uno nunca sabe nada de su propia vida. La transita sin más. Como transita su nombre mientras otros lo usan para darnos presencia, quizá identidad. Somos. Somos en lo ajeno. En la luna del coche que implora nuestra sombra en un mero pasar. En la luz que no llega a barrer la mañana porque un hombre triste, en la planta de abajo, decidió que el tiempo era su apeadero y decidió bajar. En la risa del niño que corretea y canta; en los padres felices que contemplan al niño y no saben cantar. También en los «me gusta» que los muertos extienden en nuestras huellas ficticias, en la arena irreal del desguazado Facebook.
Ayer, como quien toma un bus a la carrera o detiene un taxi con ego de tranvía, rescaté una foto antigua de perfil. No tengo vanidad pero sí miedo y me agrada saber quién, alguna vez, izó su compañía en el mástil endeble de mi sueño social. Allí estaba ella, Silvia Torrents, al otro lado de la muerte y del tiempo. «Me gusta» limpia el mundo en la boca de un vivo, pero puede ensancharlo en la dicción de un muerto. «Me gusta» es una calle en los pies de la vida y mil autoestopistas en los pies de una foto. Silvia puso «me gusta» cuando el cáncer linfático era «sólo» un diagnóstico; el beso de un revólver en la yugular de junio; el grito de un bolígrafo que no supo calmarla al llegar septiembre. Una palabra, un miedo. El piano de Schubert ante el muñón del ahora. Silvia marchó en febrero y pronto hará, como quien no lo quiere, dos años. «Dos años» es mucho tiempo para alguien que observa cómo lame la muerte un temblor desahuciado; nada para el tipo que besa a su mujer dentro de un neonato. «Dos años» es un enigma contra el jirón del cielo y un patíbulo eterno en la hermana y la madre que enterraron el norte porque Silvia era el Sur.
Ocho años atrás un alacrán sin páncreas mordió el ajeno y se llevó al marido, la mañana y al padre. Silvia nunca hablaba de él en términos de ausencia. De hecho no hablaba. Se limitaba a reír. A soñar en alta y sonriente voz baja. A quitarle hierro a los dolores ajenos. A cantar la vida en el micrófono desafinado de la esperanza. A poner «me gusta» en las aportaciones ajenas, en el perfil social del amor y del tiempo. Silvia cerró su mundo un ocho de febrero. Pronto hará dos años. Nunca un «me gusta» dio tanta vida a un muerto. Tanta «muerte» a un vivo. Ante la biografía kakfiana de Robert Stach, los libros inundan el muelle de mis días y no sé enhebrar lágrima y palabra, armonizar el cuerpo al diapasón de la vida. Escribir. Escribir. Quiero iniciar mi tesis doctoral, añadir un poema a mi actual poemario, «desalagrimar» la sal que transforma en mar muerto todas mis lágrimas. Y Silvia me sonríe. Ha leído en su nicho las cuatrocientas catorce páginas que eché a la basura, todas las costuras de su voz y mi barro. Escribir. Uno nada sabe de su propia vida. Por eso busco a Gadamer, entre tanto.