Newton, Cervantes, Leonardo o George Washington, grandes maricas cuya condición no fue aireada por la historia.
Detrás de cada ser humano hay una historia, más grande o pequeña, con mayor o menor influencia pública. Nadie puede sustraerse a lo que ha sido su vida hasta el momento, aunque darla a conocer, hacer que se sepa, es algo que concierne a la libertad de cada cual. Hay gente que consigue modificar su propia historia y reinventarse en otro lugar porque no desea que sus antecedentes influyan sobre los consecuentes de lo que es. Por ejemplo, un servidor, que se oculta tras un seudónimo, aspira a trabajar con más comodidad. Que nadie sepa quién es ni cuál fue su historia me permite compatibilizar diferentes intereses y formas de vida sin que nadie interfiera en mi trabajo. ¿Qué pasa si soy tímido, escéptico, agnóstico o marica y no quiero contarlo porque prefiero confundir al mundo con otros adjetivos? En una ocasión pude ver a un profesor de filosofía, que se las daba de ateo, arrodillado ante el sagrario de la catedral, implorando con los brazos en cruz a una deidad en la que públicamente no creía.
Esa libertad de decir u ocultar la propia historia es algo que algunos podemos realizar a día de hoy, pero habrá que admitir que no siempre fue así. En otros tiempos, ciertas historias o maneras de ser fueron perseguidas por el fanatismo y la insidia de quienes gobernaban o por la intolerancia de la sociedad, y había que guardar silencio al respecto. La gente no podía expresar su forma de ser ni tampoco tenía oportunidad de salir huyendo y reinventarse en otra parte. En los mundos pequeños, en Burgos, por ejemplo, no hay lugar donde ocultarse. De ahí lo del armario. Hoy es diferente: en nuestro país, como en otros muchos de Occidente, uno puede decir abiertamente que es marica, de derechas, religioso, diabético o virgen sin que se derrumben los templos ni las cátedras, ni se le persiga para quemarlo vivo en la hoguera. O así debería ser.
Álvaro J. Sanjuán, historiador y filólogo burgalés, es, además, maricón. Él mismo lo proclama. Esa es su opción: no callarlo ni disimularlo. Resulta que ha escrito un libro contando las intimidades de muchos maricones que hicieron historia (desde Alejandro Magno a Leonardo da Vinci, Montaigne, Isaac Newton, George Washington, Chaikovski o el médico y activista Magnus Hirschfeld) completando así un hueco que no había cubierto la historiografía. «Mucha gente se pregunta —escribe en el prólogo de su libro— por qué debemos preocuparnos por la sexualidad ajena, pero, qué casualidad, se lo plantean sólo cuando hablamos de homosexualidad. Es decir, si el personaje es heterosexual, sí importan sus devaneos sexuales, así que ahí tenemos a Luis XIV de Francia, que no dejaba de tener amantes entre sus cortesanas, y a Enrique VIII de Inglaterra, a quien su fogosidad le llevó a coleccionar esposas y a abjurar de la fe católica para fundar el anglicanismo. (…) Ah, pero cuando se trata de homosexuales, todo es correr un tupido velo…».
En su libro, Álvaro Sanjuán descorre velos y, fruto de una concienzuda investigación, saca del armario a un colectivo de grandes escritores, intelectuales o científicos que fueron homosexuales y cuya orientación fue borrada de un plumazo. No se trata de hablar de historia o de literatura: en este libro se habla de homosexualidad. La serie incluye un capítulo dedicado a los maricas españoles de antaño, porque los de ahora tienen la posibilidad de proclamar a las claras sus inclinaciones: el rey consorte de España Francisco de Asís y Borbón, la Monja Alférez —que nació Catalina, pero ejerció como Antonio Erauso en el Siglo de Oro hasta recuperar, a la vejez, su nombre de pila— y don Miguel de Cervantes Saavedra, que, por lo visto, también cosía para la calle.
¿Y por qué todo esto? Porque, según Sanjuán, sacar estos trapos a la luz es un ejercicio liberador, para él y para todos los que vienen detrás. Un alivio, vamos.
Moraleja
Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:
—Hay quien considera que asuntos como este (quién fue marica y quién heterosexual, quién se prodigó sexualmente y quien se mantuvo virgen…) pertenecen a la trastienda de la vida del sujeto y no hay necesidad de ir difundiendo por ahí sus cotilleos sexuales, ya sean personajes históricos o gente de a pie.
—Hay, sin embargo, quien considera que es importante reivindicar conductas que en su momento estuvieron mal vistas o fueron brutalmente condenadas. Habrá que respetar también esta opción. Si, además, el colectivo marica incluye personalidades de prestigio, la lectura y difusión de este libro puede tener un propósito liberador.
—En cualquier caso, creemos que ser marica, ser virgen o tener más o menos relaciones sexuales no implica ser mejor persona, escritor, científico o artista. Al fin y al cabo, escoger qué quieres hacer o no hacer (sexualmente) y con qué personas, pertenece al terreno de la intimidad. Aquí defendemos que cada cual haga lo que quiera, siempre con respeto, y que si quiere contarlo a los demás que lo cuente. Pero no es imprescindible tanto altavoz.