Fulgor y condena de la mujer araña

Los lunes, día del espectador

Gale Sondergaard en un fotograma de The Cat and the Canary (1939) ejerciendo de ama de llaves                                 


Por la ventana de una arquetípica Old Dark House una figura acecha medio oculta por la cortina. Es una mujer enlutada, rasgos felinos, moño inflexible, cejas como arcos, labios expresando desdén. En su cara, de belleza no normativa que dirían los cursis, destacan sus ojos fríos, inquisidores. Hierática, un gato la acompaña en el alféizar acentuando su perfil brujesco. Acongojado en su butaca, el espectador se encoge ante semejante poderío. Es Gale Sondergaard, ama de llaves en la mansión encantada de The Cat and the Canary (E. Nugent,1939). Un papel menor desde el que se apodera del filme entero, pues tal fue siempre su poder: merendarse a cuanto protagonista se le pone por delante.

Nace Gale con el siglo en el seno de una familia de ascendencia danesa, con mamá feminista y papá avanzado, de aquellos que no desdeñan dar a sus hijas una educación igualitaria. Entre genes, lecturas y vivencias se forja un carácter independiente, dispuesto a dinamitar la sumisión al varón pilar de la sociedad. De su paso por la Universidad lo único que saca en claro es el matrimonio con Herbert J. Biberman, cineasta autor de cándidos y tediosos panfletos inspirados por su militancia en el Partido Comunista, con el que no tarda en instalarse en Hollywood.

A Gale todo eso del cine le trae un poco al fresco, pero como el dinero entra en casa a cuentagotas, decide aceptar la propuesta de su amigo Mervyn LeRoy e interpretar un papel en un filme suyo medio melodrama, medio de aventuras, El caballero Adverse (1936). Acierta, porque en la gala de los Óscar la película arrasa y la actriz debutante se lleva una estatuilla como mejor intérprete de reparto.

Desde su primera aparición se la encasilla como mujer fuerte, por lo que nunca vive en el celuloide romance alguno, hembra temible y ambigua a rechazar, que la sociedad de los treinta es muy tolerante sobre el papel, pero no puede sino mirar con desconfianza a quien se salta a la torera sus tabúes. Encadena un filme tras otro hasta que en 1939 encarna su primera ama de llaves, cometido que repite a menudo en olvidadas películas de mansiones siniestras. Vestida de negro como un ángel vengador, con un moño que expresa disciplina, represión y crueldad, ojos de hielo y sonrisa de ofidio, más parece más habitante del Otro Mundo que de este.

1940 es su año de los prodigios. Como secundaria, se entiende, que protagónico sigue sin alcanzar ninguno: el criterio oficial impide otorgarlo a una mujer de hielo. Así sucede en su papel más recordado, el de dama asiática en La Carta (William Wyler, 1940), antagonista de una Bette Davis que se echa a temblar cada vez que la ve. Sin embargo, aunque ella lo ignore, su suerte está echada y, en lo sucesivo, ya no ha de salir de los deliciosos predios de la serie B.

En ellos topa nada menos que con Sherlock Holmes, un Basil Rathbone que es puro arquetipo, en The Spider Woman (R. W. Neill, 1943). Con su sabido talento, el detective descubre que detrás de los crímenes que investiga se encuentra una dama que acostumbra deslizar en las casas de sus víctimas varias tarántulas que en menos que canta un gallo inoculan un veneno mortal. La naturaleza, decía Oscar Wilde, imita al arte. La hembra de la viuda negra, el más venenoso de los arácnidos, mata al macho después de la cópula y se alimenta de su cadáver. No es inocente, pues, el apodo con que Hollywood distingue a la Sondergaard. La Mujer Araña esquintaesencia del personaje que Gale ha creado, la hembra letal que trastoca lo establecido, que asusta, fascina y finalmente es castigada por su trasgresión. Sondergaard, como otros encasillados en el género de miedo, siempre renegó de estos papeles, pretendiendo que el público la recordase por sus actuaciones dramáticas.

Vano intento. Tras aparecer en títulos como La venganza del Hombre Invisible (F. Beebe, 1944) o The Climax (G. Wagner, 1944), donde coincide con Boris Karloff, emprende el único protagónico de su carrera, aunque sea muy a su pesar: The Spider Woman Strikes Back (A. Lubin, 1946) es algo desquiciado y bizarro donde los haya, y sin embargo más que digno de reivindicarse en su feliz locura. Es película de convencional esquema gótico, o lo que es lo mismo, de cuento de hadas, con jovencita sola en el mundo viviendo en caserón junto al acromegálico Rondo Hatton, “el monstruo que no necesita maquillaje”, ambos al servicio de una Gale más dominatrix que nunca, su boca, todo dientes, exhibiendo pavorosas sonrisas. Bruja dedicada a hacer el mal, sus vecinos acaban por hartarse y resuelven lincharla sin mayores miramientos.  

Acabado el filme Gale siente vergüenza de haberlo rodado. Cuando tras diez años de carrera se le concede un protagónico es con una criatura al filo de lo grotesco inmersa en un guion que es puro dislate. Y que no se queje, porque aún ha de purgar coincidiendo con Abbott y Costello en una comedia con fantasma, antes de precipitarse en la nada. O mejor, en el tormento, por culpa de los demonios que se apoderan de Hollywood. Cuando el senador McCarthy emprende su Caza de Brujas, su ira cae sobre Herbert Biberman; tras su juicio, ni él ni su esposa, demasiado insumisa para el gusto de los inquisidores, pueden volver a acercarse a un plató.

Así, La Mujer Araña desaparece de las pantallas durante dos décadas. Cuando regresa, pasados los setenta y cinco, en La venganza de un hombre llamado Caballo (I. Kershner, 1976), a pesar de no vestir más que los harapos de una vieja india, exhibe la misma altivez, desdén y orgullo de siempre. Una bravura que ni los años ni las penurias lograron quitarle, y que le valdrá siempre, por humilde que sea, mi eterno agradecimiento.