
El sonido de la alarma suena y me interrumpe un sueño cuando ya me iban a rescatar del acantilado por el que había caído. Nunca sabré si me salvaron o fallaron las maniobras de reanimación. Dejo sonar la música, ruidos de la naturaleza, mirlos, el aire entre los pinos, olas de siete metros todo mezclado con una base rítmica de un handpan.
Lo de siempre: albornoz, levantar las persianas, aparece ya el sol por encima del centro de salud, Radio Tres hablando de un libro que se llama Déjalo ir, autoayuda superventas, lo dejo ir, cocina, café, la taza la enjuago, queda un poso que desaparece con el calor del café, galletas integrales, llevan tanto centeno y semillas de no sé qué, que me como una y juro comprar las de siempre, Gullón crema tropical, aunque sea solo por el nombre. Miro el móvil, ¿qué haría yo sin él? Temu es más pesado que una madre del Opus Dei, todos los días me regalan un cheque que borro sin mirar.
Mi hija me recuerda que es el cumpleaños de su suegra y que tengo que ir a comer, que Merche va a hacer canelones de verdad. Ayer le compré un serum anti-age de saldo con buena pinta, espero que no le salga un sarpullido. El calentador obturado de nuevo por la cal del agua de Valencia, sale tibia y la ducha va a ser un suplicio, ese ir y venir de agua caliente ma non troppo y fría. ¿Me afeito o digo que me voy a dejar barba? Al final me afeitaré al tres, esa barba repelada que difumina las arrugas. La ropa, limpia, pero todavía sin doblar, la plancharé con la mano y un poco de cepillado rápido.
Suena Leiva, ese tipo mezcla de Spinetta (ya quisiera) y Sabina, al que copia letra y música con todo descaro y con más ripios todavía que el de Jaén, apago la radio antes de escuchar otra cursilada con pretensiones de este tipo. Voy a hacer todo lo que he dicho que iba a hacer y a poner cara de que no pasa nada y soy un viejo feliz y sociable. Salgo a la terraza, en la puerta del patio, al lado de mi Vespa amarilla está sentado en su taca-taca un señor mayor que debe estar pensando en el significado del séptimo sello.
Recuerdo a Calderón: «Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba… ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo? …»
Pues eso, a disfrutar de los canelones.
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