El distribuidor de flores

Perplejos en la ciudad


Ella le dijo que le atara los brazos a la cabecera de la cama. Y él lo hizo. Ella le dijo que le abriera las piernas y se las atara a los pies de la cama. Y él lo hizo. Ella le dijo que ya podía poseerla, amarla apasionadamente. Pero él no lo hizo, le puso una flor entre las piernas y se fue.

Decían en el vecindario que él era un pervertido, un desalmado con las mujeres casadas, y que siempre hacía lo mismo: cuando los maridos no estaban, subía a casa de sus esposas y les dejaba flores entre las piernas.

Pero él, pese a las murmuraciones, siguió comprando flores y visitando a las mujeres casadas. Hasta que un día uno de los maridos, informado por su mujer de lo que les ocurría a sus amigas con las flores, lo denunció a la policía y le tendieron una trampa. Detuvieron al amante de las flores en el mismo lugar de los hechos, en la habitación del marido denunciante, cuando el pervertido ya se disponía a poner una flor entre las piernas de la esposa que simulaba estar atada. Ella, que había sido prevenida por su marido sobre la trampa amorosa de la policía, sonreía maliciosamente cuando vio entrar a su marido con la policía detrás.

Así fue como lo detuvieron y todos los matrimonios afectados se reconciliaron por la noche y se burlaron del falso amante de las flores, que no sabía poseer a las mujeres si no era mediante una flor.  

+19