(Texto para levantar el ánimo)
Cuenta una leyenda que sesudos expertos, encerrados día y noche en un observatorio de altos estudios e investigaciones, discutían sobre el hombre y el mono, cuestionando en sus trabajos el origen y la evolución de las especies. He aquí una de las hipótesis interrogativas más curiosas y polémicas:
¿El ser humano desciende del mono y, a través del largo proceso evolutivo, aprendió, primero, a rugir y a gruñir de manera eficaz, para articular después, pasados millones de años, un sistema de sonidos más elaborados, hasta llegar por fin al milagro de la palabra, entendida ésta, principalmente, como intrumento de defensa y agresión? Las palabras como armas, no cargadas de futuro como dirán más tarde poetas ilusos, sino como armas perfeccionadas que superan el primitivismo contundente de las armas convencionales de piedra, hierro, bronce, pólvora, metralla, gas, etc. ¿Armas, pues, destinadas, no a al entendimiento, como se creía erróneamente en un principio, sino a la caza mayor y matanza de los otros? ¿O, por el contrario, no hay tal evolución del ser humano, y éste no es más que un simple mono degradado, un ser que ha degenerado en hombre, que articula sonidos, que escupe palabras con más violencia que toda la escala de gruñidos y rugidos primitivos de sus antepasados, los monos? Teoría que, por otra parte, como indican numerosos estudios y experimentos, formula una pregunta no menor sobre los silencios inquietantes entre los gruñidos y rugidos de los monos: ¿son producto de largos silencios de ignorancia, o, por el contrario, se trata de un profundo silencio de humillación, de escepticismo por la falta de confianza en la palabra de esos tipos que están delante de las jaulas, hablando de forma desconsiderada? Pregunta no menor si tenemos en cuenta los avatares inhumanos de la historia.
Esto es lo que se preguntan tales sesudos expertos, en contra de los evolucionistas tradicionales y en contra de la valoración del ser humano como culminación de las especies. Sin olvidar que también existe una fundada sospecha -que en breve será desvelada, cuenta la misma leyenda-, según la cual Darwin habría ya intuido en su vejez ese proceso evolutivo a la inversa, pero que no pudo investigarlo a fondo por falta de tiempo. A saber, reiteran: no serían los hombres quienes descenderían del mono, como formulaba él en sus famosos trabajos, sino que serían los monos quienes descenderían del hombre, según sus posteriores investigaciones. De ahí esa mirada perdida y triste de los monos, y sus largos silencios, cuando ven a seres humanos acercarse a las jaulas del zoo, señalándolos con el dedo, gritándoles palabras terribles, a veces bien pronunciadas, sin duda, pero siempre cargadas de veneno.