El hombre triste que entreteje los dedos y transforma en cáliz sus dos manos, no tiene nombre, pero sí sed. Por eso sumerge, una y otra vez, sus labios campesinos en la charca del tiempo y se astillan las nubes (cuando mira) en sus pasos descalzos: los telescopios glaucos, la inmediatez.
El hombre triste fue un número par tatuado en un brazo y conoció Praga, Bucarest, Viena y encriptó las alas de la lírica y quiso a una muchacha que se llamó Milena y murió en un tren, camino del desgarro.
El hombre triste recorre cabizbajo las aceras del tiempo, disecciona amores en parques populares, zurea entre dos siglos el vals de las palomas, se encoge, se amortigua, se duerme, se deshace. Se protege del frío con diez versos de Oliverio Girondo y un hostal en París.
Las estrellas saben descifrar el invierno, los poetas saben nombrar lo innominado, los tristes saben a qué sabe el adiós.
El hombre sabe dormir bajo el silencio y abre un cajero burdo de la calle y extiende sus cartones cual sábanas de Holanda en aquella suave cama del 42 y tiene ochenta años mal cumplidos y corre por Europa el siglo veinte y yo tengo ocho años y sonrío, no sé de qué pero sonrío, y me guiña un ojo desde el último ripio del cajero; y una manta dorada cubre su sombra barbada al día siguiente y mi abuela acelera el paso conmigo de la mano al salir del colegio y un policía sonríe a mi abuela, al niño que arrastra de la mano mientras se santigua en silencio y yo no sé lo que he visto y ella me besa, absorbe un sollozo y la animo.
El hombre triste era poeta. Checoslovaco. Humano. Bizantino.
Y tuvo sed, extraña sed.
No sé por qué escribo lo que escribo.