Me van a estar mirando. Docenas de ojos taladrándome. Prefiero cortarme la lengua, arrancarme la tráquea antes que subir a ese estrado. Y hablar.
Imposible asomarme más allá. Inevitable el vórtice delirante ante la visión fugaz del abismo. E imparable la atracción que me imanta hacia su fondo.
Entreabro la puerta. Hoy conseguiré atravesarla. Pero mis pies se cimentan en el suelo, mi cuerpo, un bloque de acero y hormigón, tenaz en su inmovilidad. Cierro la puerta.
Ding, dong. Pasajeros con destino al desastre seguro, al apocalipsis de hierro y fuego, a los cuerpos desmembrados y calcinados, prepárense para embarcar.
Olvídame. No voy a seguir contigo. No quiero atarme, no puedo soportar el abrazo de esta soga. ¿Que si te quiero? Sí. Pero olvídame.