Tocando fondo (3)

Aforismos de juventud

 

Un cura ingenuo y bonachón –J.L. Martín Descalzo, en el Blanco y Negro nº …– asegura que bastaría un cuarto de hora de oración “a lo” San Ignacio de Loyola para erradicar la melancolía de nuestro sentir: y ello porque –sigue asegurando– no hay más que mirar al fondo de nuestra alma, para ver que lo esencial de ella se mantiene intacto a los embates de la vida: nuestros desvanecimientos vitales sólo afectan a la “corteza”, a la superficie.

Quizá precisamente en esto radique la grandeza de los santos: en su capacidad de salir fuera de sí mismos y depositar su alma sobre un fondo inhumano (un fondo suprahumano: divino). Pero nosotros, los de la raza maldita de los filósofos, empeñados como estamos en desentrañar lo que en realidad somos –lo consubstancial a nosotros en tanto que seres humanos– encontramos, al mirar hacia el fondo de nuestra alma, que ésta gravita temblorosa sobre abismos de insondable negrura: simas y pozos amenazadores que sospechamos fundamentalmente poblados de acechantes bestias negras.

Muchacho, es peligroso acercarse a esos abismos. Esto inquieta, agita, aviva, excita a sus moradores, las bestias negras. Aléjate, pasa de largo, no detengas tu oído: ¡Ya la estridente jauría de alaridos perfora tu cabeza! ¡Huye mientras puedas! No te pares, no las mires, no se te ocurra mirarlas con ojos demasiado curiosos, no oses mirarlas frente a frente: ¡Ya desgarran tu alma sus mortales zarpazos!

Son las Huestes Negras, a las que tu mórbida curiosidad sacó de su infecto cubil, y que ahora avanzan, avanzan frenéticas, imparables, enardecidas, devorándolo todo a su paso, tiñendo el mundo de gris, apoderándose de tu alma, carcomiéndote la cabeza, enloqueciéndote, empujándote a la hasta ahora demorada Autodestrucción.

Esto –estas malditas bestias negras que llevamos en nosotros encerradas, pruebas vivientes de nuestra congénita bastardía– es lo que mueve a los humanos a escapar de sí mismos: ya sea pegándose un tiro en la sien, ya entregándose a Dios y así santificándose. (A la mayoría, sin embargo, le basta con cerrar los ojos –“ojos que no ven corazón que no siente”– y seguir circulando.)


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