Y entonces llegó ella

Ahí está el detalle

 

Michael Haneke es un cineasta austríaco, barbudo y larguirucho, que tardó más de quince años en dirigir su obra maestra, La cinta blanca (2009). El film sobre el germen del nazismo llevaba tiempo escrito y listo para rodarse, pero ningún productor aceptaba su duración. Era demasiado largo y Haneke se negaba a cortarlo, así que abandonó el proyecto en reiteradas ocasiones hasta que llegó «ella»: la productora Margaret Ménégoz.

Todo empezó con una falsa promesa. Debemos remontarnos al año 1993, cuando Haneke firmó un contrato para realizar un telefilm de dos horas para la cadena austríaca ORF. El primer borrador contenía la idea de La cinta blanca, aunque no se trataba de un film, sino de una miniserie de tres partes que la cadena no quiso llevar a cabo porque se extendía más allá de las dos horas que especificaba el contrato. Haneke argumentó que le prometieron ser flexibles en cuanto a la duración, pero la promesa cayó en saco roto. Los ejecutivos se desdijeron y Haneke abandonó el proyecto tras rehusar a reducir el guión.

Mientras estaba rodando La pianista (2001), los mismos ejecutivos se volvieron a poner en contacto con él. Pensando que querían retomar el proyecto, fue a verles y descubrió que su idea era que rodara una película en tres partes, tal y como él exigía, pero con una nueva temática, que nada tenía que ver con su proyecto y que además no le interesaba en absoluto. Su no fue rotundo. Transcurrieron varios años antes de que le llamara la nueva directora de ORF. Esta vez sí se trataba de rodar su guión, pero con las características iniciales, es decir, en dos partes. Y Haneke intentó hacerle entender sin éxito que el guión requería que se respetasen los tres capítulos y su duración.

Atendiendo a la recurrente petición de los productores, la puesta en marcha del proyecto pasaba irremediablemente por responder a una pregunta. La pregunta sin respuesta era esta: ¿Cómo reducir el metraje de La cinta blanca? Es posible que su eco consternara al cineasta el día que entró en escena Margaret Ménégoz, a quien el guión le pareció magnífico y quiso producirlo de inmediato, siempre y cuando cortara una hora, ya que para vender el film no podía pasar de dos horas y media, la duración límite que garantiza el máximo número de sesiones en los cines. El terco cineasta se topó de bruces otra vez con el mismo interrogante y, sorprendentemente, quince años más tarde, estaba dispuesto a encontrar una solución. O bien fue mérito del ingenio persuasivo de su nueva colaboradora, o bien el director dio su brazo a torcer, consciente que esta podría ser la última oportunidad de poner en imágenes su guión.

Ménégoz, entonces, contrató al prestigioso guionista Jean-Claude Carrière para que los ayudara a cortar. Viéndoles a los tres en la misma sala, discutiendo sobre una cuestión irresoluble para uno de ellos durante más de quince años, me acuerdo de una escena de Cautivos del mal (1952) en la que un cabizbajo director, Fred Amiel, espera que a su productor, Jonathan Shields, se le ocurra cómo resolver la evidente falta de recursos de su próximo film, después de una nefasta prueba de vestuario. Ambos coinciden en fomentar el uso del fuera de campo —aquello que no vemos en plano, pero notamos presente—, y deciden rodar un film titulado La maldición de los hombres pantera sin mostrar en ningún momento a los hombres pantera.

Del mismo modo que un entusiasmado Amiel grita: “¡Fuera los hombres pantera!”, imagino un grito similar del recién llegado Carrière: “¡Fuera los niños!”. Su idea se basaba en eliminar todas las escenas en las que se veía a los niños jugando juntos, ya que delataban su relación con los escabrosos incidentes que acontecen en el pueblecito del norte de Alemania donde transcurre la historia. A Haneke le pareció genial; según él, “era primordial distanciarse de la eventual culpabilidad de los niños”. Si el film trata el problema de la educación, los niños debían permanecer en la sombra, en un vibrante fuera de campo, para que así pudiésemos ver en primera línea a sus siniestras figuras paternas, abducidas por el protestantismo. He aquí la verdadera potencia del film: no señalar a nadie para incriminarlos a todos. De aquellos polvos vienen estos lodos. Todos son culpables.

¿Cómo reducir el metraje de La cinta blanca? La pregunta sin respuesta durante más de quince años tuvo al fin solución. Margaret Ménégoz pulió un diamante en bruto de la manera más respetuosa y eficaz posible. No usó tijeras, sino un cincel, y realzó el motor del relato sin perturbar la trama, pese a que disminuyera su duración hasta las dos horas y veinticuatro minutos. No es de extrañar que Haneke esté muy satisfecho con ella. Para él es la productora ideal. “Una mujer formidable que me deja hacer lo que quiero, pero que sabe administrar las finanzas a la perfección. Con ella es muy sencillo: le digo lo que quiero hacer y ella me dice cuáles son sus límites. Hablamos y encontramos una solución o no. Hasta ahora, siempre hemos encontrado una solución; ni ella ni yo acabamos frustrados». Desde La cinta blanca, Ménégoz se ha encargado de la producción de todos los proyectos de Michael Haneke.

Esta es una de las muchas historias que se esconden detrás de las cámaras y que hemos descubierto gracias al libro de Michel Cieutat y Philippe Rouyer: Haneke por Haneke, publicado por Éditions Stock el año 2012. Todas las citas de este artículo pertenecen a dicha publicación.