Volando voy

Las horribles historias de Sileno

 

Ayer recibí un aviso de correos para que recogiera una carta certificada. Los certificados me dan miedo. Siempre temo que se trate de una denuncia, una multa de tráfico o un requerimiento de Hacienda. Si estuviera muerto no habría problema: no cobraría pensión, no tendría coche ni pagaría alquiler, así que nadie me molestaría. Debo añadir que tampoco me gusta hacer cola en organismos oficiales. Imagino que aparecerá un tipo uniformado y me pedirá un papel que no llevo encima o tendré que darle explicaciones por alguna acción que cometí en el pasado. Me fastidia tener que hacer cola para recibir malas noticias. Aun así, sé aguardar mi turno.

Cuando he llegado esta mañana a la oficina de correos había media docena de personas delante. Eran las diez en punto y ya hacía calor. Alguien había abierto la ventana del fondo de la sala, esa que da al patio de luces donde, tres pisos más abajo, aparcan las furgonetas de reparto. Una señora se quejaba de la espera, abanicándose con un cartón. He preguntado por el último y me he arrimado a un lado, para no molestar, apoyando las lumbares en los cofrecillos del apartado de correos, resignado a esperar un buen rato. Como debe hacerse.

De repente ha irrumpido una mujer de unos cincuenta años vestida con una blusa de flores, sudando y despotricando de todo el mundo y de la vida. Iba acompañada por alguien que podría haber sido su marido y luego ha resultado ser su hermano: un burrito de carga, habituado a soportar la furia de la fiera. Fermín se llamaba el pobre. En cuanto ha visto la cola, la señora ha empezado a sulfurarse.

—¡Menuda cola! ¿Quién es el último? ¿Usted? —yo había levantado el dedo identificándome— ¿Lo ves, Fermín? Ponte detrás del hombre del chándal, y no te muevas de aquí. ¿No tiene calor con esa ropa? —me ha sonreído con sorna— Voy a ver si me atienden. Yo solo he venido a buscar un papel.

Mientras Fermín permanecía quieto, ella paseaba nerviosa arriba y abajo atisbando detrás del mostrador. Su impaciencia contaminaba la espera y multiplicaba el malestar de los presentes. Entonces ha sonado un teléfono y uno de los funcionarios que atendía al público se ha levantado y ha desaparecido por la derecha. Se le oía hablar desde el cuartito contiguo. Una conversación sin sustancia. De repente, la mujer se ha lanzado a la ventanilla saltándose todos los controles. «¿Es que aquí no atiende nadie?», ha prorrumpido a voz en grito. Alguien se ha precipitado hasta el mostrador y ha tomado posiciones. «¡Ahora me toca a mí!», ha balbuceado un tipo con aspecto de curita, sacando el valor del fondo de su timidez.

—Yo solo he venido a buscar un papel —ha pontificado la tipa—. ¡No pretendía colarme! ¿Qué se ha creído usted? —y se ha retirado junto a su hermano para seguir tejiendo maraña— ¡Es una vergüenza! ¡Tener que aguantar este calor para buscar un papel!

—¡Todos venimos a buscar un papel, señora! —le he gritado con desprecio, y luego he desviado la mirada hacia la ventana del fondo, tratando de aspirar un aire que por allí no entraba. Se me ha ocurrido retrasar mis gestiones y, ya que iba delante, conseguir encabritarla todavía más. Fingiría haber perdido el aviso de correos, me palparía los bolsillos buscando el DNI o las gafas, firmaría con tanta lentitud como fuera capaz, compraría media docena de sellos de diez céntimos, me interesaría por la familia del funcionario y hablaría del tiempo, del exceso de calor y de la ventana abierta que da al patio de luces y por la que no corre el aire.

El funcionario del teléfono tardaba en volver; el otro funcionario se quejaba de que, con el calor, su ordenador se había colgado. La fiera abusadora se mesaba los cabellos y susurraba improperios al oído de su hermano. El pobre hombre asentía y se encogía de hombros, como debía ser su costumbre.

De repente ha entrado un nuevo personaje en escena: un tipo delgaducho y avinagrado que venía hablando por el móvil. «¡No estoy dispuesto a pasar por ahí! —gritaba— ¡A la mierda con tu madre! ¡A la mierda con todo! ¡No pienso vivir en Antequera!». A trompicones se ha aproximado a la ventana del fondo y se ha encaramado a una silla. Creo que lo último que ha dicho es que se cagaba en Dios y en la Patria. Luego, se ha lanzado al vacío como quien se tira de cabeza a una piscina. El descalabro ha debido ser impresionante y, seguramente, definitivo.

A resultas del fatídico suceso han clausurado la oficina y nos han echado a la calle, emplazándonos a volver otro día. «Está claro que hoy no podremos atenderles».

Al salir de allí, en la escalera mecánica, la fiera seguía maldiciendo su suerte. «¡Encima tendré que volver mañana! Pues vas a venir tú, Fermín, vas a venir volando. ¡Te firmaré una autorización y te encargas tú de recogerlo! No estoy dispuesta a soportar más colas».

De la boca de Fermín ha brotado una frase, murmurada entre dientes: «¿Por qué no vienes tú y te tiras por la ventana?» Le he dado la razón con un gesto complaciente. Por suerte, la zorra no le ha oído, distraída como estaba alisándose la blusa. A veces la gente me da asco.


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