Viaje a la isla galante

El martillo pneumático

 

Ya lo advirtió Freud, la cultura cansa. Los post-freudianos lo confirmaron, cansa la cultura y cansa la civilización.

El psicoanalista vienés y sus seguidores no hacían más que repetir aquello que habían sentido los cortesanos de finales del barroco. Les agotaba la vida cortesana. Sus correrías por los pasillos de los palacios les producían cansancio y depresión.

Con un barroco agotado quisieron emprender el viaje romántico rumbo a Citerea, la isla de los sueños. Se dejaron seducir por un anhelo que surcaba las aguas de un mar de tinieblas.

¡Cuántos vendieron su libertad por llegar a la isla galante! Citerea fue sueño de aristócratas de pelucas empolvadas y de haraganes que querían vivir con el espinazo tieso.

Se embarcaron en la nave de Watteau rumbo al reposo y la libertad que creían poder hallar en aquella isla donde Afrodita tiene su templo.

En realidad, lo que perseguían era el libertinaje. Buscaban encontrar la tierra de la promiscuidad.

Sólo en las islas se encuentran las utopías, lugares donde se cumplen las ilusiones, porciones de tierras ubérrimas rodeadas de aguas tenebrosas donde viven las sirenas que cantan a la locura.

¡Ah, cortesanos insensatos!  Os embarcasteis rumbo a Citerea.

Tuvisteis que sortear riscos que apenas emergen, pero que están ahí para impedir vuestra llegada a la costa. Cada vez que sorteabais un escollo y cada vez que salíais indemnes de un canto de sirena se acrecentaba vuestro delirio.

El viaje hacia la utopía es una travesía donde la sinrazón va en aumento mientras surcamos las aguas.  Pero como ocurre casi siempre, al llegar a la ínsula añorada, encontramos peñascos por donde trepan las cabras, una tierra donde las abejas zumban entre arbustillos, donde no se encuentran los sueños salvadores y donde nuestras esperanzas quedan reducidas a algunas sombras bajo el mirabolano.

Ahora, desde lo alto del acantilado, o desde el rascacielos más alto, oteando el horizonte, descubrimos que la utopía anhelada es el ardid y la astucia. Que Citerea es una tierra baldía; además, ¡es tan pequeña!


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