Verdades como puños

Leído por ahí

 

Leo a Steven Pinker, el autor de La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana (2002). Pinker es profesor del departamento de ciencias cognitivas y del cerebro y director del Centro de Neurociencia Cognitiva McConnell-Pew en el Instituto de Tecnología de Massachussets. En su libro, que es un ladrillo de más de setecientas páginas, Pinker explora la idea de naturaleza humana y denuncia que muchos intelectuales se dedican a negar su existencia a través de tres dogmas entrelazados: la “tabla rasa”, el “buen salvaje” y el “fantasma en la máquina”. Según tales dogmas, no existe una naturaleza humana que comprometa el desarrollo de la persona, su bondad innata y la libertad de la voluntad. Por su parte, Pinker cuestiona la pretendida verdad de tales afirmaciones. Por suerte ha caído en mis manos un resumen del ladrillo de Pinker1: el texto de una conferencia que pronunció en la Universidad de Yale y que contiene un extracto de sus tesis.

En La Charca Literaria vamos a ir más allá de esa conferencia y resumiremos el resumen de Pinker, a fin de ilustrar en pocas palabras cuatro verdades sobre la naturaleza humana que ayuden a nuestros lectores a comprenderse mejor a sí mismos y a los demás. Nos preguntamos: ¿Existe un fundamento biológico para el comportamiento humano? Es decir, ¿hasta qué punto la conducta humana depende de los genes y no de la socialización? ¿Tiene la agresividad un fundamento genético o, por el contrario, las tendencias perversas de los humanos son fruto de la influencia social? ¿Es la libertad del yo interior un hecho o una mera ensoñación?

Entre muchos científicos de pacotilla —sostiene Pinker—, fundamentalmente sociólogos, psicólogos, filósofos, educadores y moralistas, se tiende a explicar el comportamiento humano restándole entidad a la naturaleza y apostando por los tres dogmas mencionados más arriba. Se trata de ideas que la ciencia cognitiva más reciente, la neurociencia, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva han demostrado que son rematadamente falsas.

La primera de esas creencias es la doctrina de la tabula rasa —posición que parte del empirista inglés John Locke, siglo XVII— que ha llevado a pensar que la mente humana es infinitamente plástica y todo su contenido procede de la experiencia, el refuerzo y la socialización. Esta teoría fue abonada en el siglo XX por psicólogos y antropólogos de prestigio que subrayaron el potencial de la educación sobre el genoma, como si las predisposiciones genéticas pudieran ser modificadas por la sociedad. Watson, padre del conductismo, escribió en 1925:

«Dadme doce niños sanos, bien formados, y un modo ajustado a mis especificaciones para criarlos, y garantizo que puedo tomar a cualquiera de ellos al azar y formarlo para convertirlo en cualquier tipo de especialista que yo escoja: médico, abogado, artista, comerciante, y sí, también mendigo y ladrón, con independencia de sus talentos, predilecciones, tendencias, y habilidades, vocaciones y de la raza de sus antepasados2

La idea es simpática. Puesto que, según Watson, la naturaleza pesa poco en el desarrollo de la persona, cualquier individuo podría alcanzar sus metas si se aplica convenientemente y cuenta con los refuerzos necesarios. Sin embargo, la tozuda realidad se empeña en desbaratar la teoría conductista: existen suficientes diferencias biológicas entre los individuos (y los grupos) para hacer inviable el cumplimiento de dicho programa. En la línea de Watson, la antropóloga Margaret Mead también escribió que la naturaleza humana es moldeable y que, por ejemplo, «las diferencias tipificadas de la personalidad, que se dan entre los dos sexos, no son sino creaciones culturales, educándose a los hombres y mujeres de cada generación para adaptarse a ellas3.» Si los niños prefieren los juegos ruidosos y violentos y las niñas jugar a cocinitas y muñecas es por influencia social —opina Mead—, porque en este asunto, como en tantos otros, los genes cuentan poco. Hasta aquí la posición ambientalista.

Por su parte, la neurociencia del comportamiento sostiene que no somos una tabla rasa: venimos al mundo con predisposiciones y tendencias, y esa carga genética, que es variable y pone de manifiesto diferencias de base, determina lo que podemos llegar a ser, lo que hacemos y lo que tratamos de evitar. Entre nosotros —a pesar del fondo genético común— puede diferenciarse entre hombres y mujeres, tipos altos y bajos, zompos y despiertos, hábiles con el piano o con la navaja. Somos distintos por naturaleza, pero eso no debe comprometer nuestros derechos. Da la sensación de que si aceptamos esas diferencias habrá que aceptar también la segregación de algunos humanos por razones de carácter sexual, étnico o social. De ahí que los bienintencionados defensores de la tabula rasa prefieran negar la naturaleza biológica del comportamiento antes que dar pie a la discriminación. Si todos somos iguales, no habrá motivo para discriminar.

Steven Pinker considera que aceptar las diferencias entre los individuos y los grupos humanos no significa abrir la puerta a la discriminación. La idea subyacente a este equívoco es que la equidad en el trato requiere identidad biológica, lo cual es absurdo. De ahí que, concluye Pinker, «la costumbre de fundamentar la igualdad, la dignidad y los derechos humanos en la doctrina de la tabula rasa es el producto de una concepción poco clara tanto de la ética como de la ciencia, y podemos sacarnos de encima esa doctrina sin comprometer en nada los valores humanos».

Dicho de otro modo: el argumento moral contra la discriminación puede plantearse con independencia de la existencia o no de diferencias entre las personas y los colectivos. La discriminación por motivos de sexo, raza, origen étnico u orientación sexual es rechazable en términos morales. Hay una innegable ordenación genética de las conductas, pero eso no compromete —o no debería comprometer— el respeto por los derechos humanos.

Nos quedamos aquí. En futuros artículos denunciaremos las mentiras sobre el “buen salvaje” y sobre el “fantasma en la máquina”, para ir tomando posiciones.

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

— Si cree que a través de la educación y el refuerzo positivo puede lograrse que una persona alcance cualquier meta (¡todos valemos para todo!), pregúntese por qué usted no ha logrado todavía el premio Nobel o no es un afamado pianista, como le hubiera gustado ser.

— Si cree que para evitar discriminaciones es necesario negar las diferencias biológicas entre los humanos (¡todos somos iguales!), pregúntese por qué a veces se empeña en subrayar sus particularidades físicas, como tener un pene o una vagina entre las piernas.

— Si usted admite —con Pinker y la mejor ciencia de nuestro tiempo— que existen diferencias con sus semejantes (¡no somos iguales!) y, a la vez, mantiene sus convicciones morales (¡nadie debe ser discriminado!), es usted de los nuestros. Busque argumentos en el libro gordo de Steven Pinker y úselos para confundir a tanto biempensante como nos rodea.


(1) Steven Pinker: La tabla rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina (2005).
(2) John B. Watson: Behaviorism
(1925).
(3) Margaret Mead: Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935).


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