Ventolera

M de Mirinda

 

Este viento se considera autopropulsado, causahabiente de una energía sagrada e inagotable que lo impulsa, alza y fortalece. Este viento, en realidad, nos parasita.

Este viento cree arrastrar consigo las más frescas hojas de periódico, que nos llegan manoseadas, y el perfume de lo novedoso, que degenera en el tufo aéreo de lo mal traído. Sopla que te resopla, pretende avivar la brasa y darnos aire… pero en la confusión de los remolinos, y de los términos, en realidad, nos sepulta.

Este ventoso runrún, que agita la nata de las aguas turbias, se arrastra a resoplidos y nos transporta en volandas hacia lugares comunes o hacia tierra quemada. Aturullan los flecos constantes de su música deshilachada, se arremolina, se embala hasta impactar con nosotros, carterista con pericia, y sin aliento nos deja.

Miradlo, leedlo, escuchadlo: se lleva con sus lenguas de aire la poca energía que ahorrábamos para conservar vida y criterio, libertad y fuelle. Nos parasita, nos confunde, nos roba y se va. Continúa su alada ruta de vampiro sin motor rotor, nutriéndose de los ánimos encendidos, de las polémicas, de las carambolas y efectos que genera al disparar ventoleras contra las bandas que aún quedan en pie. Se agota la capacidad de concentración de los que sufren prendidos de este soplo. Toda atención se erosiona expuesta a este elemento desatado. El viento perenne desata locuras. Para la ansiedad que provoca ya no hay refugio. Quién pudiera silbar otros aires.


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