Variante

Lo inquietante

 

Colocar en ese bolso del que entraban y salían tantas cosas, tantos objetos, tantos recuerdos, tantas decepciones.

Colocar y recolocar en ese bolso mediano la vida propia.

Marga lo hacía desde que se dio cuenta de que su vida era un tránsito desde y hacia algún lugar.

Su hogar estaba en ese bolso cambiante. Ese bolso que por fuera era idéntico, como ella misma, y por dentro variante, en función de cómo cambiaban sus microvidas.

Ahora en Budapest para un documental sobre Pest, luego en Barcelona para vivir un gran amor de tres meses en casa de Leandro, ahora en Mallorca para cubrir una baja de maternidad en un hotel, luego en Madrid para presentar el libro de una escritora a quien apreciaba.

Y toda su vida dentro, dentro del bolso.

Marga había aprendido a vivir con lo puesto, a ir ligera de equipaje, como Machado, y a sonreír cuando se daba cuenta de que ella, a diferencia de casi el resto de los mortales, no necesitaba casi nada para vivir y sentirse feliz. Porque con ver el cielo azul, ese azul de la infancia, ya sentía que su  persona se llenaba de luz.

El bolso. Tenía que sacar objetos prescindibles para meter otros que le iban a hacer falta. Cambiaba las bragas por el carmín de labios, el libro por la cucharilla de café, la linterna por el cubo Rubik, la agenda por las tijeras que le clavó en los huevos a Miguel.

Siempre debía sacrificar unos objetos por otros más útiles que le sirvieran para su nueva vida.

Bien pensado, no. Esas tijeras, se dijo Marga, las podía volver a necesitar si se encontraba con otro hombre como Miguel, un hombre baboso que no admitía un no como respuesta.

Marga lo sabía. Había muchos hombres así y estaba segura de que se los encontraría de nuevo, por desgracia en alguna de sus microvidas.

Porque ella no iba a dejar de vivir.

 


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