Un millón en la basura

Las horribles historias de Sileno

 

Al Ayuntamiento le ha dado por cambiar los contenedores de basura de mi calle y ha colocado unos metálicos, de mayor tamaño, difícilmente accesibles para la gente de edad, con una palanca que se acciona con el pie para que el contenedor abra la boca. Entonces, manteniendo el pedal sujeto, hay que elevar la bolsa y lanzarla al interior, momento en que, dependiendo del peso de la bolsa y del tamaño del usuario, alguna se estrella contra la pared exterior del contenedor sin alcanzar su destino. Lo he visto más de una vez. Hay gente que abandona directamente sus bolsas en el suelo, incapaces de levantarlas y echarlas al basurero.

Así es la vida, le comento a mi vecina, una anciana de cincuenta años —dieciséis menos que yo—, entumecida por el trabajo y la mala leche, que no atina a resolver el problema del contenedor y su palanca. Herminia lleva toda su vida ensartando pollos en unos pinchos que su marido, el pollero, coloca los sábados y domingos frente a una parrilla vertical para asarlos. Herminia, además, pela patatas y las fríe en «El Pollo Perico», que es el nombre del negocio; una ocurrencia de su marido. También corta y embolsa los pollos para los clientes, les añade patatas fritas y un botecito de ajoaceite o mejunje de hierbas, al gusto. En su momento, aquel negocio le pareció un chollo, a pesar de que para lograr el trabajo tuvo que casarse con el dueño. La boda con el pollero le permitió currar solo de viernes a domingo, aunque, eso sí, el trabajo era agotador.

El viernes recibe los pollos. Hay que limpiarlos, salarlos, acumularlos en el frigorífico (¡doscientos pollos a la semana!) y ensartarlos en las espadas. Los sábados y domingos ha de colaborar en el asado, trocear los bichos, envasarlos y venderlos a los clientes. Diez años después, Herminia está harta de tanto pollo, de atender a los clientes, fregar los mostradores, poner orden en la tienda y deshacerse de toda la basura, que es mucha y grasienta, mientras su marido se juega el dinero a las cartas en el bar de Braulio.

Cuando he encontrado a Herminia frente al contenedor de basura estaba desesperada. El problema no era el tamaño de su cuerpo, retorcido sobre sí mismo a causa de la artritis y el cansancio; tampoco importaba la cantidad de bolsas de basura que había tenido que transportar en un desvencijado carrito de la compra. Más allá de la rabia que la consumía, el problema era que con la primera bolsa de desperdicios había lanzado dentro del contenedor las llaves de su casa y el bolso de mano, donde lo llevaba todo: la cartera, los documentos del seguro, el espejito mágico, el pintalabios y el peine.

En un principio he maldecido mi suerte por haber coincidido con Herminia. “Ahora pretenderá que me meta en el basurero a buscar sus llaves. ¿Por qué no se mete ella misma o llama a su puto marido?” No obstante, uno tiene su corazoncito y en situaciones como esta tiene que colaborar, no sé bien si por empatía o para evitar los comentarios de terceros. «Échame una mano, Marcial —me ha dicho—, que nos conocemos desde hace tiempo y vivimos en la misma escalera. Ya te daré una propina por el esfuerzo o te regalaré un pollo el domingo que viene». La imagen de la propina ha acabado por imponerse y no me he negado. A veces uno puede sacar provecho de las circunstancias que se le presentan y eso no es malo.

No sé cómo me he colado en el contenedor, que estaba casi vacío, pero enseguida he encontrado las llaves y el bolso abierto. Eso me ha permitido echar un vistazo a la cartera de Herminia, atestada de billetes, y cogerme una propinilla por el esfuerzo. Además, le he sustraído un boleto de la lotería nacional del próximo fin de semana, por si acaso. Podría haber seguido indagando, pero la peste era insufrible y tampoco quería que Herminia sospechara que le escarbaba sus cosas.

A la salida del contenedor le he comentado que encontré su bolso abierto y la cartera perdida entre inmundicias. Le he recomendado que lo desinfectara todo. También que lavara las llaves, recogidas del fondo viscoso del contenedor. Yo, por mi parte, le he agradecido la propina (me ha dado otros diez euros, que ha sacado de su cartera) y he salido pitando hacia la ducha.
Toda mi esperanza se centra ahora en el billete de lotería de Herminia, del que podría obtener buenas ganancias. Y en eso confío. Si Dios existe sabrá compensar con un premio gordo mi buena obra.


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