Trayecto

Susurros a bocajarro


El movimiento constante es una ilusión. Un trampantojo de la idea de tiempo que torpemente aprehendemos los humanos en nuestras diminutas, renqueantes, mohosas cabecillas henchidas de palabras. Porque somos cobardes y tememos los principios. Porque somos obtusos y no sabemos disociar los principios de los finales.

Pero el movimiento constante es un trampantojo. El mundo casi siempre está, estamos, quietos. Cada muerte pequeña detiene una parcela de universo. Y son tantas y tan simultáneas las muertes… Mueren cada milésima de segundo 326 estrellas, 9.875 nenúfares, 28.379 ríos, 916.824 bombillas.  

Y no perdemos la siempre móvil esperanza: «Un estado forzado de reposo puede descubrirnos la quietud». Hacer visible la Verdad, demostrar la certeza, sin decirla ni siquiera en la cabeza. Como cuando el tren queda detenido en las vías, sobre el puente que salva el badén de un río ausente, a la espera del levantamiento del arrollado.

«Un estado forzado de reposo puede descubrirnos la quietud». Eso debió pensar C. antes de ofrecerse en trueque a la rueda por la revelación, muda, del Misterio. 


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