Tigre de Bengala

Sin astrolabio, brújula ni sextante

Los profesores insistieron desde mi infancia en que aprendiera contaduría. Esta circunstancia posibilitó mi ingreso como interventor en el arca de madera que por orden del supremo Hacedor construyó Noé para la supervivencia de las especies. Los sabios oficiales, ni siquiera cuando el Diluvio aconteció, mostraron disposición de admitirlo, de suyo y por propio; sino que, con el agua al cuello y a punto de ahogarse, prefirieron salir en busca de un razonamiento que cuadrara para dar explicación al caso. ¡A tal punto llegó su empecinamiento! Así que, cuando se convocó concurso de aspirantes para el embarque de funcionarios de cuentas nadie pudo competirme (sépase que el hecho ocurrió mucho antes que el género humano inventara el acogimiento ya fuera por pertenencia a partido político, fuera por coyunda marital o fuera por la contingencia de compartir circunstancialmente almohada y lecho), de manera que vencí en justa, sana y buena lid. Juré y abracé la encomienda que me fue hecha de contabilizar y documentar altas y bajas, las modificaciones de créditos y los imprevistos e incidentes varios, que sobrevinieran en una navegación que se percibía segura por causa del patrocinio divino, pero de la que se ignoraba cuánto duraría, es decir, cuánto demoraría en volver la primera paloma portando en el pico el brote de olivo y cuando la segunda de ellas rehuiría la vuelta por haber anidado en seco. 

Cuando el destino es cierto se suele ignorar el día de su cumplimiento. Así como Ulises desconocía los días y las noches que habrían de consumarse antes de su encuentro con Eumeo, el porquero de Ítaca, de igual forma ignorábamos nosotros cuando bajaría el nivel de las aguas sobre la tierra. Todo iba a pedir de boca, que es como decir que los días transcurrían según la apetencia y gusto de todos. Los animales yantaban y dormían. Los que eran de la condición de cantar cantaban y sus trinos alegraban a Noé y a sus tres nueras y respectivos hijos. Pero un día la serpiente llamó a mi puerta, ¡toc, toc!, y desde ese día yo, que me las prometía felices, contemplé un mal augurio oscureciendo mi destino. 

Recibí a la serpiente, a la que acompañaban dos de sus amigas íntimas, una tarántula y una hormiga roja del Amazonas. La serpiente, la tarántula y la hormiga tomaron infusión de hierbas y picotearon en las pastas. Entrando en el asunto objeto de su visita, la serpiente manifestó ante sus amigas que ella no era serpiente, sino que era lagarto, y solicitó que se le diera el tratamiento de lagarto. Repliqué que estudiaría el caso y lo llevaría ante Noé. A los pocos días volvió a visitarme, aunque esta vez la serpiente llegó sin sus amigas. Me participó que en realidad tampoco era lagarto, sino tigre de Bengala, porque, y sus amigas coincidían en ello, los tigres de Bengala eran mucho más bellos que el simple lagarto. Quedé perplejo. Si planteara un cambio ordinario de sexo no habría caso, por ser conocido, admitido y harto frecuente. Pero advertí que borraba la diferencia entre serpiente, lagarto y tigre; o sea, que convertía a las especies, en intercambiables, lo nunca visto antes. Recordé entonces Die Verwandlund de Gregorio Samsa y asumí sin reserva que cabe la metamorfosis o transmutación de una especie a otra, aunque lamentablemente no se nos ha preparado al respecto. Por otra parte, ocurría que el inventariar primero una serpiente para luego suprimirla y poner en su lugar un lagarto y concluir finalmente en feroz tigre de Bengala, tanta y tan grosera transmutación chocaba con los principios contables, a los que estaba obligado por fidelidad profesional. 

Como mis maestros no habían conocido ocurrencia semejante (no entró nunca en el presupuesto de su caletre) durante mi época lectiva no me enseñaron a remendar rotos de tal naturaleza y zurcirlos adecuadamente. Salí airoso del aprieto porque habiéndoselo planteado a Noé, este me llevó a lugar reservado y, entre nosotros (estando solos, tan únicos que no había nadie) me recomendó fuertemente que omitiera toda referencia en los libros de mi cargo a aquel imprevisto y enojoso asunto. Añadió (los etcéteras importan mucho) que él, a cambio, me devolvería el favor, como efectivamente hizo.

Así que, de conformidad con mi futuro bienhechor, busqué y di acomodo a la serpiente en la zona que correspondía a sus pedidos —al primer pedido y al pedido segundo—, rotulando con letra gótica en el frontispicio de su aposento la leyenda “en este sitio mora el lagarto de la Magdalena” (los de Jaén saben qué es eso) y luego “aquí sienta sus reales el tigre de Bengala”. A fin de cuentas, me dije por lo bajo, el hábito no hace al monje y un epígrafe no cambia el mundo.