Tengo un monstruo en el armario

¡Hale, que es gerundio!

 

Son las dos de la madrugada y no puedo dormir así que decido abandonar el hotel en el que me he alojado este fin de semana para perderme por las calles de Santiago. Hace frío, un frío seco que corta mis mejillas. El viento alborota mi melena y me devuelve efluvios de un perfume que hacía horas que ya no olía. Las calles están vacías y sólo se escucha el sonido de mis tacones, rápido y seguro, como si supieran a dónde van.

Veo un bar abierto, un club de copas. Desde fuera observo a un hombre maduro, elegante y serio apoyado en la barra. Sus manos son finas y bonitas, es alto y con las sienes plateadas. Me acerco y huele bien. No necesito saber mucho más de él. Tras una conversación absurda le explico que tengo un monstruo en el armario y por eso no puedo dormir en mi habitación.

Entiende que con los miedos no se juega. Si no hubiera sido inteligente no habría durado nuestra conversación. Si no hubiera tenido sentido del humor no habría sido capaz de comprender mi miedo. Inteligencia y humor… los mayores afrodisíacos conocidos. Antes de irme dejo una nota en su almohada que dice: El monstruo del armario era mentira.


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