Tacto

Susurros a bocajarro


¿Os habéis parado alguna vez
a mirar cómo tocan las cosas
las manos de las madres,
y más intensamente, 
las abuelas?

Cómo abrazan, bajo las trincheras
hondas de una palma, la muñeca 
de la otra, suave, y la colocan 
en el regazo calmo cuando esperan,
que es casi siempre que están quietas,
que es casi nunca.

Cómo abren y cierran cada bolso,
cada sobre, cada cremallera,
con la delicadeza con la que
se colocarían las estrellas
en el cielo de un niño. 

Cómo estiran tan leves, tan firmes
la camisa planchada o sin planchar,
de la amiga, del hombre, de la nieta,
y queda esta al instante impregnada
de la lisura de un mar de tarde.

Cómo pelan las naranjas, las patatas,
los regalos,
con la precisión del relojero
con el mimo de una golondrina
haciendo nido.

Y, sobre todo,
cómo doblan y desdoblan las cosas que se doblan,
como las escrituras y los trapos de cocina
y los rencores.

Cada gesto de sus manos
contiene toda la ternura que es posible,
y la que no lo es,
y es una ternura sobrehumana.

Yo quiero tocar así las palabras,
como hijas y nietas,
como pañuelos limpios en el bolsillo de una bata. 

Cuando aprenda,
de mi madre, de mi abuela,
sabré el tacto del poema que pregunte
si os habéis detenido alguna vez
a ver su abrazo.



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