Tacones

M de Mirinda

 

Detrás de ti alguien viene taconeando.

Pisa con vehemencia, con afanes de percusionista orgánico o, quizás, de depredador que domina la técnica del avasallamiento sonoro. Más corres tú, más veloz el taconeo. Más ralentizas el paso, para permitir el adelantamiento liberador, más terco y ruidoso el garboso caminante de los tacones. Nunca llegas a ver su espalda, ni su sombra, ni su cara. Eternamente te pisará los talones, sin alcanzarte más que la ominosa descarga, en dos tiempos, de sendos aldabonazos. Suena, suenan, resuenan sus briosas suelas en las aceras, en los adoquines, en los pasajes o en las galerías comerciales. Se convierte esa matraca binaria en metrónomo de cada uno de tus periplos urbanos. Te auto-diagnosticas acúfenos, para desechar elucubraciones sobre ominosas amenazas externas. La paranoia se duerme si te sientas en el metro, si te tumbas en la cama, con los pies por delante. Eso no basta, eso no basta. El movimiento perpetuo te llama, te reclama, y tú te alzas.

Sensible, haces acopio de alpargatas y comienzas a caminar con delicadeza de elfo liviano, al tiempo que escupes miradas de reproche a los que pisan con garbo en los pasadizos de conexión entre las líneas del metro, creyéndose dueños de un marchamo de asertividad, de un personalísimo talento en materia de danza lineal sobre base de poli ritmos musicales por auriculares interpuestos, dueños, en última instancia, de todos los tímpanos al alcance de su egolatría peripatética.

Continuas forzándote a creer, a pies juntillas, que sufres tinnitus,  latinajo que en absoluto te suena a tintineos, sino a palmadas secas, fortísimas, que siembran el sordo dolor, los campanazos zapateros que te acechan.

Dentro de ti alguien vive taconeando.

Dejas de agudizar tu oído hacia atrás, dejas de temer que te marquen ese ritmo marcial, o flamenco, o de vals que se acelera, desde fuera, por las calles que, poco a poco, abandonas.

Siempre que puedes, te adentras en las pistas forestales, en las vías pecuarias, en los campos de ortigas, y trepas desmontes, y te desbordas, silenciosa, sobre el desmadre del terreno abonado. Menos abatida, libre de taconazos, por la tierra batida, ya imbatible, te lanzas a los silenciosos mundos sin asfalto.


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