Surtido de dulces navideños

Postales desde Andrómeda

 

Los días previos a la Noche de Reyes mi madre siempre nos pedía que fuésemos obedientes. Decía que había un paje real que iba por las casas escuchando a través de las puertas para comprobar si nos portábamos bien; y que, según lo que oyese, tendríamos más o menos regalos. Lo contaba con tanto misterio que yo creía ver a ese joven emisario con calzas verdes, jubón negro y un voluminoso sombrero de terciopelo rojo con una hermosa pluma. Podía sentirle respirar detrás de la puerta.

Ese cinco de enero de hace un millón de años fue un tanto peculiar. Mis hermanos y yo nos acostamos pronto para dormirnos rápido, como manda la tradición. Al despertar, saltamos de la cama y corrimos a comprobar si el de la pluma había cumplido su cometido; y efectivamente, el salón estaba abarrotado de paquetes de distintos colores y tamaños.

En cada regalo había una tarjeta con nuestro nombre, firmada por Melchor, Gaspar o Baltasar, junto a un montoncito de monedas doradas de chocolate.

Descubiertos todos los juguetes y sosegada la emoción, nos dimos cuenta de que mi padre no estaba. No nos sorprendió demasiado su ausencia porque mi padre fue siempre un poco Rey Mago. A veces desaparecía y no sabíamos nada de él. Luego regresaba cargado de regalos y, al poco, volvía a desaparecer. Pero esta vez pensamos que se había ido para mucho tiempo, porque se llevó toda su ropa, sus objetos de aseo y todos los discos de Aznavour.

Dejaron de gustarme las navidades y se convirtieron para mí en un motivo de pena y preocupación. Empecé a temer que a las siguientes pudiese desaparecer mi madre o alguno de mis hermanos.

No sé qué extraña fórmula secreta o magistral remedio contiene la naturaleza de un niño. La facilidad con que parecen sanar golpes y heridas; igual que se curan los rasguños de las rodillas, los cortes en la barbilla o las altas fiebres nocturnas. Solo cuando vas creciendo empiezas a ser consciente del tamaño de la cicatriz y compruebas al tocarlas que algunas duelen.

Pero la vida continuó, porque siempre continúa, y al año siguiente mi madre volvió a extender el mantel bordado sobre la mesa. Colocó la bandeja con el surtido de turrones, las tres copitas con filo dorado y la botella de licor. Mis hermanos sacaron al balcón el plato con agua para los camellos y yo fui al aparador, saqué otra copita y la puse junto con las demás, por si él volvía.