Sueño de una tarde de verano

Entre líneas

Nunca te han gustado las tardes, siempre has creído que por la tarde ya nada puede ocurrir y aunque dicen que todas las tardes caen, nadie sabe muy bien hacia dónde van.

Aquella tarde cayó en la mesa del jardín, justo encima de tu hoja en blanco; aterrizó como una gran mancha y lo emborronó todo, sin dejar márgenes a la esperanza.

Fue entonces cuando pensaste que tal vez escribir sea eso, manchar con tinta azul un papel, como si todo en el mundo necesitara teñirse de algún color para ser.

Por eso te alegraba cuando te escribía a mano con ese boli pijo que me regalaste, ese de trazo tan delicado que no manchaba. Te divertía descifrar el sentido de las palabras que leías por cómo se dibujaban en el papel, por su trazo firme, o por el temblor de mi mano reflejado en cada letra. Bastaba eso para entender.

Aquel día cuando en el buzón encontraste mi carta, la abriste tranquilamente porque eran más de las seis, y sabías que por la tarde nunca pasa nada.

Te sorprendió no encontrar palabras en ella. Te dije adiós de otra manera, las palabras me sonaban demasiado crueles; en cambio, ese garabato que tracé y que inundó toda la hoja lo decía todo sin ofender; no te alarmaste, pensaste que siempre podrías explicar que mi última palabra fue un dibujo mal hecho que no lograste entender.

(Imagen de David Shrigley)