Son las siete y media, te tienes que levantar

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

Para que se te desate el impulso fuerte de llorar en el cine, la película tiene que estar bien avanzada o cerca del final. Debe haber tenido tiempo de haberte puesto en situación, de captar por dónde van los personajes hasta hacértelos conocer y entender, y eso no se logra en un plis plas.

Eso provoca que en los escritos de esta sección suela referirme a la escena final, donde se acumula y quizás estalla toda la tensión adquirida durante la hora y media (bueno, ahora hay la tendencia malsana de alargar la cosa hasta más allá de las tres horas) de proyección.

En este caso no hay que preocuparse, que no destripo nada, puesto que lo único que hago es recordar una escena que todo el mundo ha visto y saboreado, aunque haya estado navegando previamente por el film que la contiene, con más pena que gloria, mirando el reloj.

Mira que una película como el Fellini 8 1/2 está alejada del lagrimón producto de la emoción… Mira que huyo despavorido de películas y escenas de películas con payasos, por la grima que me suelen dar. Y, sin embargo…

Sin embargo, pasadas las dos largas horas de 8 1/2 en las que Marcello Mastroianni,  el alter ego del creador, va dando tumbos, intentando hundirse y no ser visto por toda esa tropa —a veces esperpéntica— de gente que espera mucho de él, no sé cómo lo hacen, pero llega una epifanía.

Como la epifanía va servida con la música de Nino Rota, y de un Nino Rota inspirado, la epifanía es doble, con lo que le podemos poner hasta un re delante: la re-epifanía. Mastroiani/Fellini está en esa escena mesándose los cabellos en su coche porque al fin ha comprendido lo que representan para él, y hasta para nosotros que las estamos viendo, “esas dulcísimas criaturas” a las que pide perdón, porque de repente ha caído en lo justo que es “aceptarlas, amarlas”. Había visto un instante antes a una Claudia Cardinale radiante, sonriendo, lo que ya da para resucitar a un muerto, pero entonces ve también, con otros ojos, vestidos de blanco como ella, a todos esos otros personajes que hasta esa escena le agobiaban. En ese momento se dice a sí mismo que la vida es una fiesta, y anima a vivirla juntos.

Empieza luego a sonar la música, interpretada por una triste charanga, cuatro pobres payasos, seguidos o precedidos de ese crío que no puede ser otro que Mastroiani/Fellini de niño. Les da instrucciones, los dirige, hasta que se abre la lona que la tapaba y entonces se ve a toda la comparsa —viejos y jóvenes— que tenía rondando por su cabeza, descendiendo a sus órdenes, dándose a continuación la mano para hacer una serpiente animada, como esa que, capitaneada por mi abuelo, imagino —por relatos familiares— que recorría sinuosa y bailonga el pasillo de la casa de mis padres en un par de fiestas sonadas.

Hay otro recuerdo personal que se suma para que viva esa escena final de Ocho y medio con emoción y una sonrisa en la cara. Ahora, Radio 3 sigue estando bien porque no tiene publicidad y emite algún programa con música buena, pero si retrocedemos en el tiempo, emitía programas singulares, que creaban comunidad. Cuando mis hijas eran pequeñas e iban al colegio, ya habían eliminado casi todos ellos, pero algunos de los de entonces recordaban esa época dorada. Uno de ellos era Chichirichachi.

Chichirichachi se anunciaba como programa-despertador. Ponían canciones y músicas magníficas, pero sobre todo sus interludios estaban llenos de concursos (recuerdo el de Bebés calvos, por ejemplo) y relatos (como La lama Juancha. Zen para principiantes) llenos de imaginación y de buen humor. Además, era inevitable no enamorarse de la voz de Sara, su locutora. Pues bien, cuando llegaba la hora, sonaba la musiquilla esta de Nino Rota, a la que le ponían una letra para la ocasión, dando como resultado una cancioncilla de lo más pegadiza. Con ella entrábamos cantando al dormitorio de mis hijas, despertándolas para llevarlas al cole e ir luego  nosotros a la oficina:

¡Son las siete y media

Te ties que levantar.

Son las siete y media

Te ties que levantar.

Levántate ya

Y estíiirate

Que te está esperando

un café!

… aunque era un zumo de naranja. El caso es que todos entrábamos con buen ánimo, desde luego, en ese nuevo día.