Solo es trabajo

Rincones oxidados

 

Casi puede notar la tensión en la bragueta del hombre que ha entrado tras ella en el ascensor. Están solos y él la observa con avaricia, ingenuamente convencido de que ella no lo percibe. Sin embargo, detectar estas u otras miradas forma parte de su trabajo. Y ahora es el momento exacto en que su falda debe subirse accidentalmente, un pie dar un pasito hacia atrás y las caderas desplazarse en la dirección correcta. Hinchará el pecho con naturalidad, los labios se le humedecerán como si lo necesitaran y su mano rozará la mano ajena…todo con la habilidad del tahúr que deja ver claramente donde esconde la bolita para luego colgarte unas preferentes. Cuando lleguen al octavo piso, el deseo será pura necesidad, pasarán hervorosos por delante del carrito de la limpieza en el que ella dejará, con disimulo, una señal, mientras besa al hombre, fugazmente, en los labios. Él solo tendrá ojos para esos labios.

Cuando Rosa, la camarera de piso, vea la señal pactada en el carrito, sabrá que debe impedir que nadie se acerque a la habitación, preservando así la burbuja de intimidad que permitirá a la otra mujer trabajar con discreción y profesionalidad. No forma parte de sus responsabilidades, pero en su día aceptó el trato porque hay que llegar a fin de mes.

Él la vio por primera vez aquella noche y de buen seguro, pensó, que si esa chica le hubiera mirado una vez siquiera habría flirteado con ella. Pero no, estaba perfectamente claro que si había una mujer en el bar fuera de su alcance era, precisamente, aquella. Fue su amigo Martín quien, cubata en mano y encomendándose a la ingesta de alcohol que le permitía bailar desinhibido con unas y otras, le dio un codazo y le soltó unas risotadas al darse cuenta.

—Está buena, ¿eh?

—Mataría por tirarme a una tía así.

—¿Matarla? ¿Para qué? Es suficiente con que le pagues lo que te pida…— Y se alejó zambulléndose en un mar de cuerpos que insinuaban sus deseos fingiendo bailar.

¿Pagar? Aquel bombón no parecía una prostituta en absoluto, pero la idea le volvió a la cabeza cuando coincidió con ella en el ascensor. ¡Qué casualidad! ¡Dios mío! ¡Qué perla para retener entre los dientes! Ella ni siquiera había reparado en él en toda la noche y ahora apenas le había dedicado unas buenas noches y una sonrisa discreta antes de darse la vuelta para apretar el botón. Piso 9. Él se bajaba un piso antes. Solo tenía 8 pisos para convencer a una mujer, a todas luces fuera de su alcance, de que se acostará con él. Y a las locas lo intento:

—¿Cuánto?

Salieron del ascensor cogidos de la mano. Iba a ser rápido, lo tenía loco perdido desde la discoteca.

Ella nunca se había planteado tener un trabajo así, posiblemente el peor de los trabajos. Estigmatizado. Inconfesable. Pero había aprendido a vivir con ello sin remordimientos. Harta de ir a entrevistas de trabajo infructíferas, de desempeñar tareas muy por debajo de sus capacidades, de que no le llegara el sueldo para lo imprescindible cuando había pagado lo necesario y de que a nadie le importara su estado, se dijo que, en situaciones límite, no se puede desperdiciar la propia energía para salir sola del agujero, sin pedir ayuda. Al principio salió a rastras, pero en poco tiempo los agujeros los cavaba ella solita.

Decidió observar a su alrededor y observarse a sí misma. Siempre había sabido que tenía ciertas cualidades, algunas poco comunes, de las que sacar provecho. Tener escrúpulos no era ni mucho menos una de ellas. Sabía marcarse objetivos, trazar un plan para conseguirlos, fingir empatía, ser discreta, eficiente en los detalles, rodearse de colaboradores tan profesionales como ella y por supuesto, entrar y salir del plan sin comprometer al cliente. No le importaba quién solicitara sus servicios, hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Una vez aceptado el encargo nadie sabía sacar tanta rentabilidad a su perfil laboral como ella misma.

Entraron en la habitación y, apenas se cerró la puerta, él se sentó en la cama con los pantalones bajados, ya, hasta las nalgas. Ella, de espaldas a la puerta, con la mirada incisiva y la sonrisa anfitriona, dejó resbalar el abrigo hasta el suelo, los dedos lentos desabrochaban los botones de la blusa. Su índice dibujó una línea desde el nacimiento de su cuello que descendía con pericia por un goloso desfiladero y, seseando hasta su obligo, se escondía juguetona bajo la cintura de su falda. A él le fue imposible no perderse por el camino.

Dejó caer la falda y se arrodilló ante él. Solo en un momento así le parecía necesario hacerlo. Le puso una mano en el pecho y empujándole mimosamente le indicó que se tumbara. Ahora, de rodillas entre sus piernas, iba a empezar la fase final de su trabajo. Había venido para eso.

Con una mano le asió el muslo y, mientras besaba sus genitales, con la otra buscó en la parte trasera de sus bragas donde guardaba la herramienta de matarife, una fina hoja con la que le penetraría mortalmente en la ingle. Cuando el hombre se incorporó por el dolor, alcanzarle el cuello fue mucho más fácil. Estaba completamente convencida de que, como siempre, su cliente quedaría plenamente satisfecho.

Ya solo le quedaba coger el dinero y huir.

Rosa entraría en la habitación cuando ella ya no estuviera en el hotel y, después de limpiar su rastro, gritaría pidiendo auxilio con el desespero de quien va a sufrir un síncope, como si aquello no lo hubiera visto nunca antes.


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