Sin término medio

Tecnologías de los perdidos


El frío despierta a Lurdes, que mira el despertador: las seis de la mañana. Es domingo y quiere dormir.

—¡Antonio! —grita desde la alcoba.

—¿Qué?

—¡Estoy congelada!

Él trae una manta que extiende encima de las otras tres y remete contra su silueta.

—¿Mejor?

—Bueno.

Ella duerme un par de horas hasta que el helor del aire la despierta de nuevo.

—¡Brrrrrrrr! —se queja mientras se pone la bata de franela con capucha y se enrosca la bufanda en la cabeza. Al levantar la persiana, la mañana templada de principios de mayo se cuela por la ventana.

En el baño se mira al espejo. Como todos los martes, jueves, sábados y domingos alternos,  tiene la cara hinchada y la punta de la nariz roja.

—¡Me muero de frío! —le dice en la cocina.

Antonio se levanta de la mesa a hervir agua mientras ella lo mira.

—No sé cómo puedes.

Se refiere al pantalón corto y la camiseta de tirantes que lleva puesta. Él pone la taza frente a ella.

—¡Cuidado! Está ardiendo.

—¡No me jodas!

Luego de beberlo, camina arriba y abajo, frotándose los brazos, hasta que ve turbio y se sienta.

—Se me ha metido en los huesos.

—Cuanto más lo digas más lo sientes.

Al casarse sus temperaturas corporales eran un poco diferentes, pero con el paso de los años la discrepancia térmica entre ellos se ha incrementado de forma exponencial, de modo que Lurdes cada vez tiene muchísimo más frío y Antonio muchísimo más calor. Han recurrido a antibióticos. También a curanderos que les han conjurado hechizos para el amor y mal de ojo. Incluso instalaron un termostato inteligente que podría haberles permitido una gestión más razonable del ambiente del hogar. Tuvieron que desinstalarlo.

 —Piensa en otra cosa —le aconseja él.

—¡Como si fuera tan fácil!

—Ya.

—¿Qué hora es?

Antonio mira el reloj con desánimo. En unas horas será lunes y entonces le tocará a ella controlar su mundo.


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