Sin prolegómenos

Solo, por favor

 

Yo, alma de cántaro, en mi libre interpretación del Cantar de los Cantares. Tú, emperatriz de la vasta China. Sabías latín, sabías que no podría resistirme al vino aromático que rebosa desde la capital de tu imperio. Que si te lo comía, vamos.

Inocente, presa inconsciente del encanto subliminal del código de marras, me sumergí sin saberlo, embriagado por la piel en el viaje a Ítaca, sin hacer oídos sordos a las sirenas, engullido por Polifemo entre tus hercúleos muslos. Musitabas, te estremecías. Nadaban nuestros labios, palabra de diosa. Pasaron los años en minutos. Inmortal de necesidad, tus gemidos me traían al presente, susurrando, arqueándote. Nunca mi lengua había llegado tan lejos, sin ánimo de ofender.

Y así, mientras saciábamos la sed, mi cuerpo fue secándose hasta perder el juicio: no tú, sino aquello, ¿era una sátira? Eran mis delirios de caballero antaño parlante, que comulgó con ruedas de molino como si fueran gigantes, pero, ante todo, un hombre erecto, con nobles intenciones por una vez. Enamorado al fin, deseoso de formar una prole, me sentí obligado a vender mi fuerza de trabajo. Así, así es como capitulaba la estúpida idea del romanticismo: lo sublime era devorado por lo subliminal.

¿Qué amor es lo único que merece la pena vivir?, como reflexionara Ana Ozores. Di contigo, creí. Diste conmigo. «Ahora tienes que irte».

Comprendí tu montaña mágica, mi montaña rusa, enfrentando mi día a día, elucubrando cómo rezaría mi epitafio sin ti. A la vuelta de la esquina podría hallar la mora verde, pero eso solo se cumple cuando menos te lo esperas. Y ambos lo esperábamos con fuerza, porque, en el fondo, no había nada que no hubiera dejado de comenzar, palabra de Mann.

Arduamente, traté de ponderar nuestra felicidad. Junté tu fuego con tu belleza, con tu don de gentes, con tus pantalones ajustados, con el tintineo del caderín al son de tu vientre la primera noche que me amaste. Olvidamos que estabas casada, ¡qué desastre! Salvando ese detalle, se dispararían los promedios, como si un habitante de Oklahoma se dirigiera a California. Pero a ti te valía así. Craso error el mío en aquel triunvirato, ¡oh, Julia! La suma de los conjuntos, el conjunto de las sumas, el fatídico día en que nos conocimos. El Pequod contra el gran cetáceo blanco.

No creas que olvidaré la distribución del salón: el ambiente de la lámpara de pie, al que daba sombra la mesa sobre la alfombra persa, el cuadro de Schiele sobre el sofá, los estantes con los clásicos de Gredos y la sempiterna introducción de Anything Goes, que indubitadamente mantenía flotando la idea de tu marido, tu Cole Porter. Del dormitorio, solo te recuerdo a ti. Ojalá recordara la cocina. Si al menos hubieras escurrido aquellos espagueti en una raqueta de tenis… A pesar de todo, echaré de menos el apartamento.

No puedo culparte de nada. Fui yo quien creó el monstruo durante años. Tú solo prendiste el rayo que dio vida al engendro que llevaba oculto. Soñé con casarme contigo, tener hijos, envejecer juntos. Todas esas cosas que hace la gente de bien. Me devolviste a la infancia feliz, a ese repulsivo demonio que nos inocularon generación tras generación. Me hiciste soñar sin quererlo, sin quererme. Fue así como vivimos el auge y la caída del moderno Prometeo, en primera persona (del plural).

Ahora, de vuelta de Abilene y parafraseando a Robert Kinkaid, nos congratula haberlo soñado. Hoy por mí y mañana por ti. Te lo comí.

 


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