Shrrrrrrrrrpopopopopo

Tecnologías de los perdidos

 

El todoterreno se detiene frente al arco de entrada a: «safariscivilizados.com: donde los animales le siguen la corriente».

—¡Por fin llegamos! —exclama el hombre sonriendo a la mujer.

Ambos visten pantalones cortos crema y sombrero de explorador. El sol quema el aire.

—¡Me alegro tanto de haber venido! ¡Ya sabes cómo me gustan los animales civilizados! —exclama ella.

El hombre y la mujer se adentran en la reserva.

—¡Mira! —dice ella alborozada, apuntando con el dedo a una manada de elefantes que no corren, pero trotan ordenadamente frente al vehículo, levantando una pequeña nube de polvo blanco.

La mujer se sacude la camisa.

—¡Ya podrían tener más cuidado! … ¿Y esa? —pregunta a razón de una cría rezagada que rizando la trompa hacia arriba intenta inútilmente alcanzar a los demás —. ¡Qué ricura! ¡Ojalá pudiéramos llevarla a casa!

Bordean un pequeño lago donde abrevan unas cebras de rayas brillantes.

—¡Hola! —dice la mujer feliz.

Las cebras alzan la vista, saludan con un leve movimiento de cabeza y siguen bebiendo.

El todoterreno continúa su camino hasta que ella divisa un árbol que despunta en el paisaje y se acercan.

—¡Monos enanos! Parecen regalos de navidad colgados de las ramas. ¡Qué delicia! ¿Crees que puedo abrazar uno?

—Son murciélagos, cariño.

—¿De veras? —pregunta ella torciendo el gesto con repelús.

Cuando llegan a una peña entre cuyas rocas descansan unos leones tremendos de melenas amarillas el hombre dice que ahí es. Para el vehículo, alcanza el rifle del asiento de atrás y lo desenfunda. Apoya la culata en el hombro, apunta y dispara fuegos artificiales de colores.

Shrrrrrrrrrpopopopopo

Recula.

—¡Le has dado! ¡Le has dado!

El león se levanta, gira tres veces sobre sí mismo y cae tumbado en su lomo. La cabeza se tuerce a un lado y la lengua sale afuera, entre las fauces feroces. Las cuatro patas estiradas hacia el cielo todavía le tiemblan.

—Había apuntado al de la derecha. La verdad, es igual. Vamos —dice él.

—Mejor me quedo aquí —dice ella tapándose los ojos con las palmas de las manos.

—Como quieras, pero cuando te diga…

—Sí, ya sé.

Al llegar al león el hombre lo remata con la pistola. Más fuegos artificiales hasta que los temblores cesan.

El hombre coloca su pie sobre las costillas calientes de la bestia. Esgrime en una mano la pistola y en la otra el rifle.

—¡Ya! —grita a la mujer que se apresura a sacar la cámara y hacerle una foto.

—¡Va!

—¡Excelente!

Luego el hombre baja de la peña hacia el coche. Antes de arrancar el león se levanta y suelta un rugido muy poco ensordecedor.

El hombre mira al león y agarra la visera del sombrero con el índice y el pulgar. Entonces le dice a la mujer que los jabalíes quedan más abajo.

 


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