Se busca consejero no matrimonial

Solo, por favor

 

Llevo mal lo del miedo. Me asusta. Es espeluznante el terror que le tengo al miedo. Sé que no es viril y podéis tacharme de gallina capitán de las sardinas. No me importa; no sabéis lo que es el miedo.

Cuando me acerqué por primera vez a los labios de Eva, supe que se me tragaría. Fue así. Jamás volví a ser el mismo. No debo culparme por mi mojigatería ni por mi debilidad enamoradiza; el cuerpo se resquebraja sin que yo pueda hacer nada, los sentidos me abandonan y me diluyo en los pensamientos de una señora sobrenatural; en su boca descanso mientras la vida pasa ante mis ojos. Sobrecogedor. Tal vez, si me hubiera hablado más fuerte, si yo no hubiera captado ese brillo en su mirada, no me habría dejado caer contra su lengua, con la que enrolló la mía para engullirme. Fue ese tacto. Fatal humedad y calidez. Y el sabor. ¡Ojalá no se hubiera lavado los dientes en un mes!

No vencí al miedo; el miedo me venció. No lo olvidéis.

Imaginaos lo que es caer una y otra vez en esos besos. Terrible. Hagas lo que hagas, batallando contra suspiros cargados de sensualidad, inane en el placer. La dependencia encuentra la fortaleza en mi obstinación por zafarme del deseo. Cuanto más lejos, más muere el viejo niño que me habitaba. Me consumo buscando el momento para volver a besarnos, abandonado a mi suerte. Eva me llama por teléfono, salgo de mi criptobiosis desencriptando la luz indescriptible de esa lámpara de criptón que es ella y de la que soy suscriptor. El espectáculo debe continuar. ¡Y vaya si continúa!

¡Qué sabréis del miedo!

Ni siquiera sé que es el beso esponsalicio. ¿Osculum, basium y suavium? ¿En qué momento degeneró el término? Degeneré en un ser diferente, anclado a sus fauces o, lo que es peor, al recuerdo perenne de esos morros. Y de cada bocado compartido, de cada «prueba un poquito de esta mousse de puerros», de cada torrezno e incluso de cada mitad del gusano en la manzana, que para eso es Eva. Besos de mariposa que van del batir de párpados al choque de bivalvos, arrumacos que acaban en mordeduras de sanguijuela. Esta mañana hemos tardado veinte minutos en despegarnos. Esperando al siguiente autobús, notaba los ojos clavados en mi boca de quienes iban llegando a la parada, ¡como si nunca hubieran visto dos salchichas de Frankfurt! ¡O es que esta gente no besa!

No os hacéis una idea.

Llegar a casa, contar las horas para soldarme a ella, aletargarme de nuevo, hojear un libro, encender el televisor, poner la cafetera, subirme por las paredes, planchar, pegarme una ducha fría, echar chispas, preparar una tortilla de patata, fundirme en la nevera, meter la cabeza en el congelador, introducir los dedos en la tostadora. Hasta que llega. Con mi dosis: dopamina, oxitocina y endorfinas a borbotones. Cada noche es peor. Anteayer estuvimos en un tris. ¡Claro que es pavor! «No, no lo digas». «Pero es que te am…». «No, por favor». Y si no fuera recíproco… Pero lo es. ¡Será porque no hemos intentado dejarlo juntos! Eva tiene dos amantes; yo, una. No me considero bueno besando, ¡es ella! Pero da igual, ella cree que soy yo. Y no hay manera. No es lo mismo follar con amantes que, bueno, sí, besar. Pero… ¡Coño, que no es lo mismo!

Y ese salto… ¡Ay, ese salto!

Lo sabemos, por eso cada cual duerme en su cama. A ver, que nos hemos visto desnudándonos, e incluso haciendo de vientre, y apenas cultivamos intimidades. Pero tocarnos, zambullirnos en la lujuria… No. Aún albergamos sentimientos nobles. Jamás consumaremos el acto sexual sin habernos casado.

De ahí el miedo.