Sant Jordi sin luz

La termita y la palabra

 

Para Abel, in memoriam

 

Todos los años por estas fechas, perdonen la sinestesia facilona, trato de saber a qué huelen los libros más cromáticos; qué tesoro ocultan, bajo las letras lagrimales de sus pétalos, las literarias rosas. Y me imagino a los andantes en su vagar cifrado. Cómo van, en silencio, desde el azar al frío. Unas con un tomo rosal entre las manos; otros, con una bella flor encuadernada en tallo, corola y pistilos.

Sueño que los andantes y la ciudad es un río de páginas rojas, azules, coetáneas; una floristería fluyente o navegable repleta de letras, besos sin leer, poemas diletantes en el alféizar de un labio a punto de incendiar la piel de una mirada.

Y en la esquina un mendigo, seguro enamorado, escoge en el umbral una rosa desierta para su amor lunático y ella, en justo pago, desde su erial de niebla, toma entre sus manos el libro inexistente que no piensa comprar. Y le entrega el libro en un beso sucesivo que cose para siempre eternidad y noche, y él le da la rosa en otro beso frágil que enhebra nuevamente, ficción y realidad. Y en ese casorio, un hombre valiente agacha la cabeza para no llorar.

Y ese hombre es aire, cuatro letras tan solo, sesenta tristes segundos en la torrentera hipócrita de la cotidianidad. Y ese hombre recorre las calles y los libros, los besos y las flores, con el ardor rotundo con el que en otro tiempo se desplazó de Lérida para trabajar. Y ha colgado su cuerpo en la chistera macabra de un instituto con nombre de escritor, en la bilis ágrafa de un periodismo zafio para menores de edad, en la amnesia asqueante de algún coche oficial con destino al futuro. Y así, desposeído, sin carne ni dolor, ha salido a la rambla en busca de un clavel con que prender los ojos de su novia ilerdense y su novia ilerdense ha bajado a la rambla en busca de aquel libro que nunca le pidió.

Y el mendigo lunático, la amante inexistente, el profesor caído, se desvanecen. Y queda una chica, silente y arrasada, en mitad de un abismo entre el amor y el infierno.

La amarga sinestesia de la muerte. 

La dulce sinestesia de la vida.

 


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